miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL NACIONALISMO Y SUS APOYOS


Jose Francisco Luz Gómez de Travecedo

Lo hallamos por doquier y como el chapapote se extiende sin límite ni control.
No hay país que se libre de este problema, esta lacra, que supone una enorme dificultad a la hora de progresar en la necesaria, imprescindible, deseable, constitución de entidades supranacionales. El siglo XVIII (y el final del XVII) en Europa, de modo paradigmático en Francia, fue el siglo de los estados. Parecía que, por fin, había llegado la hora de los ciudadanos. Eran tiempos de derechos y deberes y de libertad frente a la tiranía de los gobiernos locales donde el preboste de turno disponía de la vida y hacienda de los súbditos. Era el momento  de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (el texto daba de lado a la mujer por lo que, en 1791, Olympe de Gouge, editó su Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana que era un toque de atención al respecto).
Ahora, el total de la ciudadanía se convertía en pueblo, que no en nación, dotado de voluntad y fuerza (Rousseau); esto es, en Estado. Es verdad que, en origen, las fuerzas que dan origen a éste eran burguesas (la burguesía, el tercer estado, estaba harta de sufragar los cuantiosos gastos de la monarquía) y, por tanto, clasistas, pero también que sin el concurso de las clases bajas el resultado no hubiera sido el mismo. Las clases populares se alzaron y reclamaron su protagonismo histórico, su lugar en el arco parlamentario. Eran los sans-culottes cuyas mujeres (¡ah, las mujeres! ¿Para cuando su momento?), las furias así llamadas, participaron de modo notable en el asalto y la toma de la  Bastilla, Versalles y las Tullerías y en el apresamiento de Luis XVI y  María Antonieta.
Así pues lo que comenzó siendo un movimiento burgués con la intención de hacer valer las pretensiones del Tercer Estado, básicamente económicas y de poder de actuación, terminó siendo un vendaval que hizo saltar por los aires al viejo régimen y sus ideas acerca de la conformación social. En su inicio igualó a los hombres aunque se olvidó de las mujeres que tanto hicieron por el nuevo orden. Desde entonces, la noción de igualdad se instala con fuerza y exige la uniformidad del Estado, leyes comunes y una misma lengua que permita la comunicación de todos con todos y la instrucción en un sistema compartido de valores. El ciudadano es ahora objeto de interés para el  Estado que buscará defender sus derechos.
Los que así pensaban se situaron a la izquierda de la presidencia en la Asamblea Legislativa, en 1791. Eran los jacobinos de Robespierre (pequeña burguesía) y los cordeleros (pueblo llano) de Dantón. Partidarios de la república y del sufragio universal masculino. A la derecha, los girondinos partidarios de una monarquía constitucional descentralizada, más exactamente de un Estado federal, y del sufragio censatario. Eran, pues, los burgueses. Siempre recelosos del poder y en busca de parcelas propias de decisión, la parcela nacional. Era la derecha siempre reaccionaria y buscando exclusivamente sus intereses. El Estado como entidad racional surgida de la Ilustración y de los grandes pensadores políticos del siglo, Locke, Rousseau, Montesquieu, no estaba en sus planes. Sí, en la izquierda, aún minoritaria, que suspiraba por un nuevo orden sin clases donde el servicio al ciudadano fuera su cometido.
Dos obstáculos en el camino de la implantación del socialismo, marxista o no, fueron siempre la propiedad privada y el Estado nacional. Dos genuinas ambiciones burguesas y, por tanto, de derechas. Recordemos, una vez más, que los términos derecha e izquierda tienen su origen en la concepción estatal: la izquierda, jacobina, partidaria del Estado centralizado al servicio del ciudadano, y la derecha, burguesa, partidaria del Estado al servicio de la burguesía, a modo de nueva nobleza si no de linaje sí de chequera.
Burguesía que, desde el siglo XIX hasta nuestros días, a un lado y otro del Atlántico, no ha cesado de intrigar en busca del predio, latifundio a ser posible. Desde su posición de solventes sobrevivientes, anulados clero y nobleza, urdieron la pamema de lo nacional como modo de reunir al pueblo llano en torno a sí. Es evidente que toda apelación a la ayuda popular por motivos de clase habría fracasado, pero cuando con frases enardecedoras se apela al sentimiento, al hondón del alma, brota con fuerza inmensa lo atávico y los individuos se agrupan y prestan a la lucha hasta la muerte. Es pura etología, comportamiento natural de los animales sociales frente al que se considera enemigo común. Llegados a este punto es importante tener presente que la cultura imperante es siempre la cultura de la clase dominante, en este caso de la clase burguesa, que imbuye de continuo la pretensión independentista como palanca definitiva para sus aspiraciones de mangoneo. O sea, el nacionalismo un fenómeno cultural de la burguesía que entendió por nación el pueblo susceptible de excitación y agrupamiento y, por tanto, precisado de mandos. Pueblo reclutado a cuyo frente se situarían los burgueses como auténticos mariscales ávidos de gloria.
Pues bien, si, como vemos, aquí y allá, tras el nacionalismo esconde su fea cara el burgués para el que el Estado centralizado es un obstáculo insalvable, ¿cómo la izquierda española, que se dice, lo apoya, lo comprende, lo propicia…? No lo entiendo.
Alguien deberá decir a esta izquierda española, que se dice socialista con o sin propiedad privada, que tal actitud ni es racional ni tiene fundamentación histórica y que coopera, y pagará por ello, en lo que no es sino una maniobra artera por conseguir interés de clase que pasan por encima de todo derecho humano. Me permito recordar ahora que  tales pretensiones separatistas españolas atentan contra la Declaración de Derechos Humanos de diciembre de 1948. Concretamente contras los artículos 9, contra el destierro, 15, contra la usurpación arbitraria de la nacionalidad, y 17, contra la expropiación. Me permito asimismo hacer ver que, ¡oh, paradoja!, tales derechos humanos y su defensa han sido el redundante argumento de su retórica.
La actitud de esta izquierda, que se dice, española es incomprensible y contraria a los principios de la izquierda genuina y, por tanto, un suicidio político. Acaso no sea ajena a estos hechos la inveterada costumbre de hablar de este país para referirse al Estado español.
Por otra parte, el Estado tiene el derecho y el deber de defender lo que no es sino una conquista popular contra las pretensiones de las minorías interesadas. Ceder a estas, colaborando, haciendo posible propuestas de grupo plutocrático, no solo es decimonónico es colaboracionista y un atentado contra su propia existencia.
Estamos en tiempos de igualdad y de individuación. Los hombres se igualan en derechos y deberes, pero, al tiempo, se disgregan en mil modos de pensar. La instrucción, el acceso a los medios informativos, comporta juicio personal y discrepancia. Los nuevos ciudadanos son más díficiles de gobernar, como quería Régis Debray, porque ya no son superponibles, han escapado a la identidad, son contrarios a la identificación nacionalista. Los espacios históricos se han quedado pequeños y el nuevo hombre traspasa fronteras en busca imparable de su realización personal. Los Estados se  muestran ya en la etapa senil de su proceso vital y exigen renovación. La superación del Estado histórico es ya una necesidad imperiosa por ser incapaz de proporcionar el espacio vital, el lebensraum de Ratzel, del hombre contemporáneo. No hay marcha atrás. El progreso de las ideas dejó siempre atrás a las sociedades recalcitrantes. Aquel “¡Que inventen ellos!” de M. de Unamuno, al rechazar la ciencia y optar por la mística, nos ha reportado atraso secular y división y distancia con Europa.

Frente a este tipo de actitudes retrógradas que buscan por motivos bastardos la recreación de la Europa medieval, la de hombres de la talla de Robert Schuman y Victor Hugo que, junto a otros, hicieron de la fraternidad europea, de la unión europea, su bandera. También, la mía.  

jueves, 28 de agosto de 2014

RETÓRICA



Jose Francisco Luz Gómez de Travecedo.

La retórica, el ars bene dicendi de los clásicos, consistía en la técnica del bien decir, del bien expresarse con la intención de persuadir al interlocutor.
Constaba de una serie de partes que debían ser expuestas en orden para su mejor provecho.
Se iniciaba la exposición con el exordio que, basado en la credibilidad, buscaba atraer la atención del destinatario hacia el tema en cuestión.
Seguía luego la narratio en la que el interesado exponía su opinión respecto del tema que pasaba luego justificar mediante la oportuna argumentatio. Precisaba de un correcto proceso intelectual o patrón de razonamiento. Seguía, por último, la peroratio en la que se buscaba ganar la aceptación del otro recurriendo a todo tipo de estímulos emocionales que ocasionaran, según el caso, indignación, indignatio, o aflicción, conmiseratio.
Aristóteles en su Retórica se refiere a los tres elementos básicos de la misma: el ethos, el logos y el pathos. Que vienen a corresponder a la credibilidad, el razonamiento y la estimulación emocional respectivamente.  
Elementos que, debidamente ensamblados, constituían una poderosa máquina de convencer cuya utilización y fines preocuparon desde siempre.
Ya Sócrates, Platón y Aristóteles advirtieron de su uso por los sofistas, Gorgias e Isócrates, para manipular distorsionando la verdad al servicio de intereses particulares. Por poner un ejemplo, Platón achacó a la retorica sofista la muerte de Sócrates.
Pues bien, y termino aquí mi exordio, tal uso indebido de la retórica hoy, como siempre, se constata a diario. En mi opinión, narratio, este hecho se da, sobre todo, en el ámbito político donde se aprecia un deliberado intento de manipulación incompatible con un régimen que ha hecho de la libertad su bandera.
Me atengo a los hechos. Basta acudir a los mass media para apreciar como con harta frecuencia,  de forma solapada, subrepticia, en la argumentación retórica se hace hincapié bien en la ethos, bien en el pathos, o en ambos, y se omite, se escamotea, la argumentación propiamente dicha, el logos aristotélico.
En el  espectro televisivo se halla toda una serie de programas dedicados a la filantropía, a la solidaridad en sentido lato. Revestidos de bondad y amor fraternal, desde el púlpito de las ondas que a todos alcanza, el gran púlpito, el púlpito por antonomasia, se nos predica una y otra vez acerca de la necesidad de ayudar a los demás. Un demás que comprende a la totalidad de la humanidad. Casi nada. De este ethos que busca impresionar desde la potencia de sus medios físicos y humanos, que amenaza más o menos veladamente con anatematizar a los discrepantes, al pathos del acongojado televidente al que se busca conmover por cualquier medio, pero… ¿En medio qué?
¿Dónde la argumentación, la concatenación de juicios que justifique la instancia racional, desapasionada, a la acción filantrópica sin límites, la narratio?
Pues no la hallarán porque tal argumentación es imposible.
Por más que lo intento soy incapaz de sentirme movido por la solidaridad, por la filantropía. Mi instinto de conservación y mi amor propio me lo impiden. Temo demasiado al estado benefactor que en nombre del bien común, por razones de solidaridad y amor fraternal, acaba con el bien particular ya sea por la vía de la expropiación ya sea por la vía de los impuestos confiscatorios. Me siento impulsado racionalmente a la cooperación que a todos beneficia, pero a la solidaridad … ¿A compartir cama y mesa con el grueso de la humanidad…, con una humanidad que se multiplica alocadamente y busca devorarse luego de haber arrasado al planeta entero? ¿Qué me insta, me impele, a vivir de modo comunal? ¿Qué me insta, me impele,  a ser a modo de un perchero siempre a la espera de alguna percha que guste colgarse? ¿Dónde el imperativo categórico que mueva a desvivirse por los demás, a renunciar a la individuación, a ser muleta y medio para los demás? Decía Kant, obra de modo que tu norma pueda servir como principio de conducta universal. ¿Es ético pues imponer a los demás normas de comportamiento altruista y abnegado que no encajan en absoluto en nuestra entraña animal, que nos son extrañas? Si debes puedes, decía el filósofo, pero no debemos porque no podemos con ese deber y consiguientemente tampoco podemos exigir el derecho al altruismo, a la solidaridad. Ni para nosotros ni para los demás. No deja de ser curioso que quienes predicaban el monacato, la vida comunal, la renuncia de si, la solidaridad, a la primera de cambio se declaraban reformistas y creaban su propia orden con rango de superior general… Y, ya sabemos, no es lo mismo dar ordenanzas que cumplirlas. Por dos motivos: primero, porque el que dicta normas las siente propias y segundo, porque tantas veces como le convenga las quebrantará. ¡A ver quien osa pedir cuentas al superior!
Mover a los hombres por la razón es muy difícil y más es un mundo aún medieval de pensamiento mágico dado a la superstición, pero apelar a la emoción, al sentimiento en un sentido u otro, da siempre magníficos resultados. Hitler pulsó como nadie la fibra patriótica y contra el resto, el terror, también una emoción. El resultado, catastrófico.  Buscar soluciones, también, a los problemas sociales será siempre un modo de adaptación al medio y esto presupone su perfecto conocimiento, en sus aspectos sensibles y racionales. No hacerlo así, incurrir en él contra natura, supone tensar las cosas hasta el estallido inevitable.
Apelo, pues, y es esta mi peroratio, a la cordura, al sentido común de mis lectores. Nacimos para ser libres y solo en la libertad el ser humano goza de la imprescindible facultad de optar, de elegir su camino sin más limitaciones que el respeto a los demás; esto es, el reconocimiento de los otros a seguir su camino y a defender sus opiniones. Derecho y deberes sagrados. Además de a la razón apelo al sentimiento de orgullo, de autoestima, tan incompatible con el sometimiento a morales impuestas que solo conducen a la neurosis y al soma.



lunes, 21 de julio de 2014

A VUELTAS CON LOS DERECHOS SOCIALES


José Francisco Luz Gómez de Travecedo

Resulta evidente la necesidad en cada hombre y mujer de hallarse a si mismo, de lograr la identificación consigo mismo. Siquiera sea, por la sensación de tranquilidad que procura. Es también palmario que muchos, demasiados, andan descarriados a la búsqueda de tal estado de sosiego. No se conocen, no saben de sí, pero sufren la inquietud de quien camina a ciegas. Hombres y mujeres son, por esto,  presa fácil de quienes les prometen el ansiado respiro: la idílica sociedad donde impera el pleno derecho a todo. También a la felicidad. El problema estriba en que siempre se ha de pagar un precio: sometimiento a las ordenes recibidas que la natural rebeldía del ser humano, terco como una mula, antes o después, le obligará a indagar si tal conducta exigida le agrada o no. Entonces la disidencia esta a la vuelta de la esquina. Naturalmente, esto se intenta evitar con el oportuno adoctrinamiento merced al uso de los consabidos libros aleccionadores. Antes el catecismo y la Formación del Espíritu Nacional, hoy los manuales de Educación para la Ciudadanía.
El hombre, huyendo del estado de naturaleza, y por decisión propia recurre al contrato, al pacto social. Lo hace desde su libertad y para proteger su vida, la familia y su propiedad. Luego, adquirida la condición de ciudadano, el individuo conviene en la necesidad de cooperar en toda una serie de servicios comunes que a TODOS benefician. Esa colaboración imprescindible en la tarea de prosperar personalmente supone derechos pero también deberes. Derechos/deberes consiguientes a la constitución del nuevo orden civilizado que llamamos Estado. Podrían calificarse de derechos/deberes secundarios o sociales que afectando a todos, en tanto que ciudadanos, emanan de la propia decisión de estos. Serian el derecho/deber a la asistencia sanitaria, a la justicia y a la educación.
Otra cosa muy distinta, es el derecho social (se omite por sistema toda referencia al deber social que comporta) que otorga el político de turno en su afán electoral y que, en la práctica, supone el beneficio de un sector poblacional concreto a costa del esfuerzo de los demás. A costa del esfuerzo de todos y esto es inadmisible salvo si cuenta con la aceptación unánime de la ciudadanía.
No es aceptable en absoluto que el Estado de derecho, un orden para preservar los derechos/deberes humanos y sociales compatibles, se convierta en una ratonera, donde, atrapados, observamos como cargan sobre nuestras espaldas todo tipo de deberes sociales sean o no asumidos de forma unánime. O sea, un fraude, un timo, una estafa.
El Estado, llevado a hombros por todos nosotros en la dirección que la política impone, ha adoptado un papel que no le corresponde y sí, a la sociedad civil que languidece en un rincón. Es el Estado paternalista que nos tutela y amenaza con su poder.
La tutela es admisible, por quien corresponde, para preservar al menor o al incapacitado, pero en absoluto cuando se trata de ciudadanos de pleno derecho. Mala fama tienen las tutelas más allá de lo razonable que solo estropean a los individuos y los tornan incapaces de tomar sus propias decisiones y de pechar con las consecuencias. ¿Para qué si, haga lo que haga, tendré una justificación ajena a mí y que, en consecuencia, otros soportarán?
La explosión demográfica supone en estos momentos, el nacimiento de unos 250.000 niños por día. De estos, una gran mayoría nacidos en el tercer mundo. En 1930, poblaban la tierra 2000 millones de personas, hoy somos unos 6000 millones y la ONU considera que, dada la tasa de crecimiento actual, en el 2050 seremos entre 9000 y 11.500 millones de habitantes. ¿Dónde vamos? ¿En este mundo de make-up y de exculpación sistemática, se oye alguna voz contra tanto irresponsable procreando sin freno en la seguridad de que otros se harán cargo de sus niños?
Hoy se calcula que 1000 millones de personas padecen hambre: pues bien, mañana serán 250.000 más y en un mes 7 millones y medio más y en un año 84 millones más (¡el doble de la población española!). Frente a estos hechos espeluznantes, el análisis simplista de más de una asociación que, al enumerar las causas del problema, ignora la terrorífica explosión demográfica. Tal vez porque considera que una mejor producción y reparto de los alimentos permitiría alimentar al doble de la población mundial. Pues el doble esta a la vuelta de la esquina, hacia el 2050, ¿y luego qué? ¿Quién es capaz de frenar una masa humana de 12000 millones de personas, quien? Y, más aún, ¿para qué tanta población?
El hambre y el paro, las necesidades todas del hombre y los problemas medioambientales hoy nos angustian pero el día de mañana serán sencillamente insoportables.
No obstante, los mensajes mesiánicos no cesan. Como el avestruz que mete la cabeza en la arena y no ve, como el individuo aterrorizado afecto de visión de túnel que no percibe la llegada lateral del enemigo, son muchos los que miran para otro lado y lejos de plantearse el problema real: una falta total de responsabilidad de unos progenitores, los varones básicamente, que ni se cuestionan el futuro de sus vástagos -acaso porque Dios o el Estado proveerá-, ni buscan soluciones inmediatas a corto y largo plazo (prevención); piensan que hay para todos y solo se necesita un cambio del modelo productivo.
Mientras tanto somos los progenitores responsables los que, llegado el caso, pedimos permiso de espacio para nuestros descendientes; los que no compramos viviendas y nos atenemos a un modesto alquiler; los que carecemos de coche y utilizamos los servicios públicos; los que pagamos los tributos del que ya es nuestro señor, el Estado; los que procuramos ahorrar con espíritu de hormiga en la seguridad de que no tenemos derecho alguno en época de vacas flacas a colgarnos de los demás; los que nos pertrechamos, para evitar apuros de malos tiempos, con seguros y más seguros que religiosamente abonamos; los que estamos ya a punto de quebrar de indignación por tanto mensaje lacrimógeno solicitando, más bien exigiendo, la obra de beneficencia; los que nos oponemos a vivir en una granja de Owen mientras los cerdos se ceban a nuestra costa; mientras tanto digo, somos, seremos, el perchero que todo lo aguanta. Hasta que se rompa y el bonito Estado social se desplome sobre tanto ingenuo y, por supuesto, también sobre nuestras cabezas.          





martes, 8 de julio de 2014

DERECHOS SOCIALES

DERECHOS SOCIALES

José Francisco Luz Gómez de Travecedo

Más que nunca se oye hablar de los derechos sociales. Desde la  radio y la televisión se alude constantemente a ellos y a su reducción (recortes). Casi siempre en tono lacrimógeno e imperativo que tiene la virtud de retrotraernos a los tiempos en los que desde los púlpitos eclesiales se nos sermoneaba instándonos a la caridad bajo amenaza de severísimos castigos en esta vida y la otra. Amén.
Como dardos se arrojaban sobre nosotros las obras de misericordia a las que nos debíamos por el inexcusable amor al prójimo. Naturalmente, nos sentíamos abrumados por su incumplimiento sistemático y anhelábamos a la salida la presencia de un pobre al que poder atender con unas monedas y calmar así nuestra inquietud. Pequeño yo, pensaba que los indigentes tenían la bendita función de justificarnos y poder así cenar algo más tranquilos.
Lo que no decía el predicador era que tales obligaciones lo eran exclusivamente de los cristianos y de que estos debían amar al prójimo como a sí mismos. Este como a sí mismos ponía límites a la acción social por cuanto es imposible desvivirse, matarse, como se pretendía, por los demás. ¿O piensan acaso que quien se desvive por los demás se ama a sí mismo? Creo que en la medida en que nos amamos nos queremos vivos y bien vivos. Claro que posiblemente se entendía que por amarse bien el cristiano se ha de entender el sacrificio en el altar de los demás, la postergación del propio interés en beneficio de los otros que, estos si, lo conservan con tenacidad. De hecho, amarse, buscar la consecución de los propios intereses era propio del egoísta, ser en nada ejemplar, en absoluto el arquetipo del buen cristiano que debía compartir todo hasta la extenuación. Bien. No deja de ser un modo de vivir religioso cuya justificación no es, por tanto, humana sino divina. Es la Revelación la que sustenta tales pretensiones conductuales y, por tanto, es cuestión de fe.
Por esto, por ser la acción filantrópica básicamente una cuestión religiosa (la entraña, la biología, nos impele a cuidar de nuestros hijos y poco más), resulta un sarcasmo que desde posiciones laicas se nos quiera imponer el deber social y, asimismo, hasta la extenuación. En este caso por extenuación entiendo hasta la enajenación de los derechos individuales. Derechos sociales frente a derechos individuales. He aquí la cuestión. 
El Estado de derecho de Robert  Von Mohl es un estado de derechos humanos. El derecho humano como el último baluarte, la torre del homenaje, contra las acometidas del grupo. La línea roja que asegura nuestra existencia contra el poderío de las mayorías. Sin derechos humanos el Estado, que nace como un intento organizativo que asegure la vida del hombre y su prosperidad según éste entienda, no se sostiene.
Por esto atacar los derechos humanos es socavar, minar, la estructura del Estado de derecho, hacerlo tambalearse para derribarlo después. La alternativa: el llamado Estado democrático donde rigen los derechos sociales en detrimento de los individuos que no son ya personas ni ciudadanos sino individuos al servicio de la colectividad.
Estoy absolutamente convencido de que si a algún emergente dirigente partidario de tal Estado democrático se le preguntara hasta donde llegaría en caso de menoscabo de los derechos sociales, este contestaría que hasta la confiscación de los bienes particulares cualquiera que fuera su origen y la condición del propietario. Es decir, hasta la comuna.
Desde la ciudad utópica de Tomás Moro hasta la ciudad nueva de Owen pasando por los falansterios de Fourier y la ciudad del sol de Tommaso Campanella mucho se ha escrito acerca de la sociedad ideal pero los intentos de ejecución se cuentan por fracasos. Motivo: considerar al hombre como naturalmente bueno, bueno en el concepto cristiano, claro. Especie singular, en absoluto animal, de estirpe divina.
Realmente, el hombre es un animal capaz de deambulación y fonación dotado de la capacidad de aprehender, pero, como animal, provisto de una entraña genética que lo hace agresivo en cuanto ve peligrar territorio y jerarquía. Es así y solo una sociedad donde los individuos interactúan libremente y carece de un plan preestablecido, la sociedad de Hayek, puede, con los debidos controles: leyes, perdurar sin la represión de los poderes públicos. Hay que leer a zoólogos como Frans de Waal en La Política de los Chimpancés, para entender al hombre y lo que cabe esperar de él. Hay que leer a Freud cuyo modelo mental que permitió explicar las neurosis recurrió por primera vez a la pulsión biológica, a la entraña pasional, al Ello.
Dejemos, pues, de idear cobijos para el hombre. La sociedad futura será, seguro, una sociedad más sana, menos tensa, porque es condición humana la búsqueda  del sosiego, pero más allá de esto… ¿Qué se puede decir?
El enorme peligro de encorsetar al hombre, negándole sus derechos, es deparar neurosis individual y colectiva y hacer fuerte al Estado. Recuerdo, al respecto, las palabras de T. Jefferson, 3º presidente de los EEUU: Un gobierno suficientemente grande como para darte todo lo que quieras, es lo suficientemente fuerte como para quitarte todo lo que tienes.
Si lo hombres organizados son temibles para el hombre y debe ser instaurado un Estado de orden inquebrantable: ¿Quién nos defenderá de otros hombres ahora políticos y justificados con la coartada de hacer por los ciudadanos?
No entiendo, pues, los insensatos y reiterados intentos por construir, sin el hombre, la jaula del hombre, el paraíso terrenal, el Edén. Pues no ha de ser el pájaro para la jaula sino esta para aquel.



domingo, 8 de junio de 2014

RENTRÉE


José Francisco Luz Gomez de Travecedo

Bien. Regreso a la reflexión una vez acabadas las labores propias de la declaración de ingresos, aún bajo los efectos del mazazo fiscal, aturdido por la lectura reiterada de textos escritos en una jerga ininteligible: ¿será esto español? Me preguntaba espoleado por estos mismos hechos, viendo como se dilapida el fruto de nuestro esfuerzo, conocedor de que nuestros mandatarios, vulgo políticos, no cotizan por dietas: o sea, en el caso de diputados y senadores, según vivan o no en Madrid, no tributan por entre el 21 y el 36% de su salario público, un acto provocador y profundamente inmoral, ilegítimo, aunque lícito al ser permitido por la ley del IRPF. Son las ventajas de disponer de la máquina de hacer leyes. ¿Se imaginan lo que sería de sus vidas si careciendo de escrúpulos morales dispusieran de la máquina de hacer dinero, lo imaginan?
Yo imagino que en todo esto subyace la idea de que ni el espacio ni el dinero ni los derechos son propios sino públicos y, en consecuencia, será el poder político el que dictamine que espacio vital precisa un individuo y que tanto de su renta le corresponde y cuáles son sus derechos.
Respecto del espacio, ¿recuerdan las soluciones habitacionales de la ministra Antonia Trujillo? Consideraba esta que 25 metros cuadrados era el mínimo suficiente. ¿Cómo se atrevió, en qué estudios de antropología se basó, a qué zoólogo experto en cuestiones humanas consultó, qué textos de piscología y psiquiatría leyó? ¿Para qué, cuenta algo el animal humano? Lo dicta el poder político y a callar: que no ha de ser la jaula para el hombre sino éste para la jaula. Respecto del  dinero, el mero hecho de que los Estados no fijen el límite recaudatorio expresa a las claras su desprecio por la propiedad privada. En efecto, si nada es del ciudadano, si la propiedad esta condicionada al interés general, si ella misma es regalo que se nos hace, ¿tiene sentido acotar la acción recaudatoria?
Vivimos tiempos de gran confusión política y a rio revuelto ganancia de pescadores. Es preciso que los ciudadanos entiendan que el Estado es el marco legal a su servicio, el terreno de juego limpio habilitado para que cada cual logra su excelencia personal según su propio criterio. El Estado moderno en tanto que ente de razón brotó de sesudos individuos que supieron acoplar la reflexión acerca del hombre y sus necesidades a los hechos históricos. Como decía Hobbes en estado de naturaleza la vida del hombre es solitaria y pobre, sucia, violenta y corta y exigía, pues, un Estado civilizado que acabara con esta situación. Un Estado necesariamente poderoso y temible: un Leviatán, un monstruo marino cuya sola mención aterraba y al que, necesariamente, había que refrenar con las bridas de los derechos humanos.
Los derechos humanos son las redlines que ningún gobierno puede traspasar salvo adoptando una actitud tiránica impropia de un Estado moderno y democrático. El gobierno que así actúa se hace reo de conculcar los derechos humanos quedando el pueblo soberano liberado del deber de acatamiento. Son los derechos humanos los que impiden que el rodillo de las mayorías, magistralmente manejado por unos pocos, los que influyen en la opinión publica, lamine los intereses de las minorías. Impiden pues la manipulación. Impiden, pues, la oclocracia, es decir el gobierno de la plebe. Deberé recordar ahora que entre los tan defendidos derechos humanos figura el de seguridad, vida y libertad, el de no ser sometido a esclavitud ni servidumbre y el de propiedad (artículos 3, 4 y 17 de la Declaración de Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948). Son inalienables, no pueden ser enajenados porque son inherentes a la condición humana. No son otorgados porque son previos, pues, a cualquier acuerdo general. En consecuencia, no fijar por pacto los límites de la sangría tributaria, como arriba decimos, supone el desprecio más absoluto al derecho de propiedad. Es más, comporta eludir cualquier consideración acerca del estado de libertad del hombre que bien puede ser explotado y sometido a servidumbre si el Estado lo pide por boca de sus acólitos. La actitud misma de ciertos líderes periféricos del Estado español es contraria, y por tanto inadmisible, a los artículos 9 y 15 de la susodicha declaración que impiden el destierro y la privación de la nacionalidad. A esto nos opondremos siempre porque esta en juego nuestra dignidad humana. Nos negamos a ser pécoras llevadas de un redil a otro. En absoluto. También a trabajar para un  Estado que sea un muñeco de guiñol al que otros dan vida en provecho propio y contra nuestro interés que, en lo político, será siempre la defensa a ultranza de nuestros derechos. Este fue el pacto y la razón de ser del Estado de derecho de Mohl.
El concepto interés general, como todo interés, se interpone entre los hombre. Puede unir, pero también separar, disgregar. Los derechos unen siempre, pero los intereses, y sobre todo el interés general,  ponen en tensión a la sociedad y comportan la necesidad de enormes despliegues de las fuerzas del orden. Una sociedad tensionada, crispada por la imposición del interés general, patrio, que no respeta los derechos humanos y del ciudadano termina explotando y es cobijo de neuróticos reprimidos. Es todo lo contrario de la sociedad libre que, con Hayek, propugnamos. Una sociedad, sana, que brota de la libre interactuación de los ciudadanos sin plan social alguno preestablecido. Es imposible tener un concepto teleológico de la sociedad más allá de lo funcional: sabemos por introspección que nos gusta la comodidad, sentirnos, todos, cómodos en el espacio en el que nos movemos y esto comporta ausencia total de represión, una sociedad de derechos pues. Lo contrario, permitir la imposición del interés general más allá de la redlines, atropellando los derechos de los demás, es propiciar la oclocracia, cuando predomina la plebe, y aún la oligarquía, cuando predominan los grupos de presión de los que siempre emergen consignas sectarias camufladas de demandas de interés general. Por el interés general, patrio, antes se llevaban a los hijos al frente y ahora nuestros euros al Tesoro Público.  
Por represión ha de entenderse toda acción coactiva más allá de la necesaria para lograr el pleno disfrute de los derechos humanos, para conseguir, en el terreno económico, la libertad de mercado que será siempre incompatible con la existencia de grupos económicos, cárteles, que proporcionando bienes imprescindibles: alimentación, vivienda, energía, buscan la extorsión del consumidor obligándoles a abonar precios excesivos. Me opongo pues al mal entendido liberalismo económico que no es otra cosa, en los casos relatados, que tiranía económica que burla la ley de oferta/demanda. Reclamo pues reguladores objetivos del mercado al servicio del ciudadano, en absoluto políticos.
La dinámica política no ha de ser tanto la imposición de intereses, aún respetando los derechos del hombre, como la cooperación que resulta inevitable a la hora de resolver los múltiples problemas que perturban la marcha social. Marcha social, que como digo, no sabemos porque caminos se hará aunque si, creo, que como los ríos, tras múltiples estancamientos, cambios de sentido, avances y retrocesos nos irá llevando inevitablemente a escenarios de menor confrontación, de mayor distensión y acomodo.
Algunos, por el contra, signados sin duda por los dioses, iluminados, atisban escenarios concretos, monacales, a donde nos conduce una ley inexorable de evolución social. ¿Y aunque así fuera qué? También la caída de los objetos obedece a la ley de gravitación universal de Newton y no por ello vamos a permitir que la manzana nos caiga en la cabeza. No podemos cambiar las leyes naturales, pero sí protegernos de ellas.
Y si la pretendida ley evolutiva de la sociedad nos llevara a la granja de Orwell nos mantendríamos al menos bien alejados de los cerdos.