martes, 3 de marzo de 2015

SAY



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

En un mundo que parece haber aceptado la relatividad de las ideas, la imposibilidad de la verdad absoluta, la necesidad de un constante contraste de las opiniones en un intento por mejorar nuestras conclusiones despojándolas del nocivo subjetivismo cuando se habla de temas que nos afectan a todos...
Que aun pareciendo haber aceptado la necesidad imperiosa del consenso, del acuerdo, todavía, con frecuencia, muestra la obcecación más absoluta cualquiera que sea el tema del que se trate.
Antaño eran célebres las discusiones bizantinas que a nada conducían salvo al distanciamiento de los tertulianos y se extendían a cualquier espacio opinable ya fuera divino o humano y, así, se llegaba a debatir acerca del sexo de los ángeles e incluso sobre el número de ellos que podrían posarse en la cabeza de un alfiler (concilio de Constantinopla). Antaño, pero... ¿Hoy?
Antaño era corriente sustentar una memez en la autoridad del que la defendía y eran tenidos por locos y visionarios los que osaban con sus ideas desafiar a tan poderosos señores e instituciones.
Con la Iglesia hemos topado se ha convertido en una frase coloquial que viene a expresar lo que digo y recordaré, por poner un ejemplo, con cuanto desprecio las autoridades médicas de la época trataron a Semmelweiss y sus intentos por prevenir la sepsis puerperal. Con mucho éxito por cierto: hasta un 70% de reducción de la mortalidad por esta causa entre las parturientas de su hospital. Pese a ello, prevaleció la verdad oficial y Semmelweisss, un médico adelantado a su época, sufrió la infamia de la expulsión de su hospital con las consecuencias consiguientes: miseria y enfermedad. Su gran obra, sin embargo, sobrevive y es un ejemplo para todos nosotros, médicos, y debería ser un espejo donde se vieran reflejados todos aquellos que hacen una bandera de la obstinación en su verdad.  No me extenderé acerca de la oposición tremenda que la Iglesia y la ciencia oficial, siempre ortodoxa, hicieron a la teoría heliocéntrica luego aceptada de modo unánime. 
De los casos Galileo y Miguel Servet no hablo por ser sobradamente conocidos. Tampoco de Darwin. Todos ellos en la verdad.
Atención pues a los heterodoxos de hoy porque acaso sean los ortodoxos de mañana.
Sirva este exordio para hacer ver como la contumacia, la terquedad y la obcecación, pecados propios de mente caduca, conducen a consecuencias lamentables. Ahí esta para demostrarlo, además de lo dicho, el materialismo histórico y las teorías del predominio racial que creyeron haber sintonizado con el devenir de los acontecimientos históricos y, conocedores del destino último de la humanidad, forzaron la máquina con el resultado de todos conocido: desolación absoluta para millones de personas.
Pese a todo, hoy como ayer, el dogmatismo más absoluto impera en cuanto se le da cuartel y no digamos en el terreno de la política. Se valen de que las hipótesis políticas se hurtan al método científico y no pueden ser falsadas ipso facto.
Por ejemplo, en política económica: resulta apabullante oír una y otra vez, hasta la saciedad, las mismas ideas. Todo lo expuesto pivota sobre el concepto demanda. La demanda es la clave, la piedra filosofal que transmuta el plomo en oro. Dele a la demanda y pronto el maná lloverá a raudales. Keynes puede sentirse un economista singular al haber influido, e influir, de modo tan determinante en las concepciones económicas de nuestros políticos. Con independencia de lo que realmente quiso decir lo cierto es que proporcionó la coartada perfecta a estos, siempre ávidos de protagonismo y justificación, ¡de sus engrosados salarios claro! Les vino a decir: adelante, manejando adecuadamente mi fórmula sobre la demanda agregada (la demanda agregada seria la suma de consumo más inversión más gasto público más exportaciones) podéis actuar sobre las dos variables fundamentales de la economía: el empleo y la inflación. ¡Fantástico! Un nuevo ámbito arrebatado a la sociedad civil y un peldaño más en el ascenso hacia el paternalismo anquilosante que anhela en su beneficio la costra política.
El problema reside en que tal igualdad supone un concepto estático de la macroeconomía. Lo producido esta ahí y debe ser adquirido por las vías disponibles: consumo, gasto público y exportaciones y regenerado mediante la oportuna inversión. Sin embargo, el mundo cambia y hoy de modo fulgurante: tan pronto algo emerge, una novedad se produce, tan pronto es sumido en el olvido por obsoleto. La macroeconomía de un país debe, pues, conectar con ese mundo comercial en permanente mutación y debe ofertar las soluciones de las nuevas tecnologías para los viejos problemas y los debidos al devenir social: la depuración de aguas residuales es un ejemplo.
He dicho ofertar. En efecto, la oferta es la clave. Ya a principios del siglo XIX, Say enunció en su trabajo Traité d´èconomie politique  (1803) la ley de los mercados que viene a decir que la oferta genera su propia demanda.
La nueva consideración, la que desdeña el político, da la vuelta a la tortilla y hace de la demanda la consecuencia de la oferta. Es ahí donde debe hacerse hincapié, es ahí donde hay que actuar, pero, ¡ay!, la oferta es cosa de la sociedad civil; al político solo le cabe secundar el papel protagónico de ésta y eso es demasiado...
El centro de gravedad se desplaza de la política a la sociedad y esta exige colaboración pero no sustitución. Fomentar la oferta pasa inevitablemente por propiciar la inversión en investigación y desarrollo, por alentar a la formación de cuadros profesionales competentes, por motivar al empresario que busca proporcionar soluciones y exige a cambio seguridad y contraprestaciones en proporción a los riesgos asumidos. Requiere...
Hay que reflexionar, si no esta todo ya pensado, acerca de lo que conviene a la oferta, pero mucho me temo que no iremos por ahí. Mientras el político, llevado de su interés, se resista a dejar la batuta, a perder su hegemonía, a considerar que es solo un mandado de la ciudadanía, las cosas no irán por el camino correcto. 


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