José
Francisco Luz Gómez de Travecedo
En
un mundo que parece haber aceptado la relatividad de las ideas, la
imposibilidad de la verdad absoluta, la necesidad de un constante contraste de
las opiniones en un intento por mejorar nuestras conclusiones despojándolas del
nocivo subjetivismo cuando se habla de temas que nos afectan a todos...
Que
aun pareciendo haber aceptado la necesidad imperiosa del consenso, del acuerdo,
todavía, con frecuencia, muestra la obcecación más absoluta cualquiera que sea
el tema del que se trate.
Antaño
eran célebres las discusiones bizantinas que a nada conducían salvo al distanciamiento
de los tertulianos y se extendían a cualquier espacio opinable ya fuera divino
o humano y, así, se llegaba a debatir acerca del sexo de los ángeles e incluso
sobre el número de ellos que podrían posarse en la cabeza de un alfiler
(concilio de Constantinopla). Antaño, pero... ¿Hoy?
Antaño
era corriente sustentar una memez en la autoridad del que la defendía y eran tenidos por locos y visionarios los que osaban con sus ideas desafiar a
tan poderosos señores e instituciones.
Con la Iglesia hemos topado se ha
convertido en una frase coloquial que viene a expresar lo que digo y recordaré,
por poner un ejemplo, con cuanto desprecio las autoridades médicas de la época
trataron a Semmelweiss y sus intentos por prevenir la sepsis puerperal. Con
mucho éxito por cierto: hasta un 70% de reducción de la mortalidad por esta
causa entre las parturientas de su hospital. Pese a ello, prevaleció la verdad
oficial y Semmelweisss, un médico adelantado a su época, sufrió la infamia de
la expulsión de su hospital con las consecuencias consiguientes: miseria y
enfermedad. Su gran obra, sin embargo, sobrevive y es un ejemplo para todos
nosotros, médicos, y debería ser un espejo donde se vieran reflejados todos
aquellos que hacen una bandera de la obstinación en su verdad. No me extenderé acerca de la oposición
tremenda que la Iglesia y la ciencia oficial, siempre ortodoxa, hicieron a la
teoría heliocéntrica luego aceptada de modo unánime.
De
los casos Galileo y Miguel Servet no hablo por ser sobradamente conocidos.
Tampoco de Darwin. Todos ellos en la verdad.
Atención
pues a los heterodoxos de hoy porque acaso sean los ortodoxos de mañana.
Sirva
este exordio para hacer ver como la contumacia, la terquedad y la obcecación,
pecados propios de mente caduca, conducen a consecuencias lamentables. Ahí esta
para demostrarlo, además de lo dicho, el materialismo histórico y las teorías
del predominio racial que creyeron haber sintonizado con el devenir de los
acontecimientos históricos y, conocedores del destino último de la humanidad,
forzaron la máquina con el resultado de todos conocido: desolación absoluta
para millones de personas.
Pese
a todo, hoy como ayer, el dogmatismo más absoluto impera en cuanto se le da
cuartel y no digamos en el terreno de la política. Se valen de que las
hipótesis políticas se hurtan al método científico y no pueden ser falsadas
ipso facto.
Por ejemplo,
en política económica: resulta apabullante oír una y otra vez, hasta la
saciedad, las mismas ideas. Todo lo expuesto pivota sobre el concepto demanda.
La demanda es la clave, la piedra filosofal que transmuta el plomo en oro. Dele
a la demanda y pronto el maná lloverá a raudales. Keynes puede sentirse un
economista singular al haber influido, e influir, de modo tan determinante en
las concepciones económicas de nuestros políticos. Con independencia de lo que
realmente quiso decir lo cierto es que proporcionó la coartada perfecta a estos,
siempre ávidos de protagonismo y justificación, ¡de sus engrosados salarios
claro! Les vino a decir: adelante, manejando adecuadamente mi fórmula sobre la
demanda agregada (la demanda agregada seria la suma de consumo más inversión
más gasto público más exportaciones)
podéis actuar sobre las dos variables fundamentales de la economía: el empleo y
la inflación. ¡Fantástico! Un nuevo ámbito arrebatado a la sociedad civil y un
peldaño más en el ascenso hacia el paternalismo anquilosante que anhela en su
beneficio la costra política.
El
problema reside en que tal igualdad supone un concepto estático de la
macroeconomía. Lo producido esta ahí y debe ser adquirido por las vías
disponibles: consumo, gasto público y exportaciones y regenerado mediante la
oportuna inversión. Sin embargo, el mundo cambia y hoy de modo fulgurante: tan
pronto algo emerge, una novedad se produce, tan pronto es sumido en el olvido
por obsoleto. La macroeconomía de un país debe, pues, conectar con ese mundo
comercial en permanente mutación y debe ofertar las soluciones de las nuevas
tecnologías para los viejos problemas y los debidos al devenir social: la
depuración de aguas residuales es un ejemplo.
He
dicho ofertar. En efecto, la oferta
es la clave. Ya a principios del siglo XIX, Say enunció en su trabajo Traité d´èconomie politique (1803) la ley de los mercados que viene a
decir que la oferta genera su propia demanda.
La
nueva consideración, la que desdeña el político, da la vuelta a la tortilla y
hace de la demanda la consecuencia de la oferta. Es ahí donde debe hacerse
hincapié, es ahí donde hay que actuar, pero, ¡ay!, la oferta es cosa de la
sociedad civil; al político solo le cabe secundar el papel protagónico de ésta
y eso es demasiado...
El
centro de gravedad se desplaza de la política a la sociedad y esta exige
colaboración pero no sustitución. Fomentar la oferta pasa inevitablemente por
propiciar la inversión en investigación y desarrollo, por alentar a la
formación de cuadros profesionales competentes, por motivar al empresario que
busca proporcionar soluciones y exige a cambio seguridad y contraprestaciones
en proporción a los riesgos asumidos. Requiere...
Hay
que reflexionar, si no esta todo ya pensado, acerca de lo que conviene a la
oferta, pero mucho me temo que no iremos por ahí. Mientras el político, llevado
de su interés, se resista a dejar la batuta, a perder su hegemonía, a
considerar que es solo un mandado de la ciudadanía, las cosas no irán por el
camino correcto.
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