domingo, 24 de mayo de 2015

AL DESASTRE

José Francisco Luz Gómez de Travecedo

Bien. Políticos y financieros, financieros y políticos, están empecinados en llevarnos al desastre. Parece que no hay posibilidad de vida razonable salvo en el crecimiento continuo. Allí y aca oímos, una y otra vez, la palabra crecimiento, ¡económico, claro!, ad nauseam. Es preciso prosperar, nos dicen, incrementar la calidad de vida. ¿Como? Consumiendo, naturalmente. Como ya escribí, el lema olímpico: Citius, altius, fortius preside como el Conócete a ti mismo  del frontón del templo de Apolo en Delfos, toda la actividad humana. Esta bien en el orden del conocimiento, que no tendrá fin, pero en la actividad empresarial... ¿Cómo pensar en el crecimiento permanente en un mundo absolutamente limitado? Y si es así, ¿qué hacemos? Porque, al parecer, si no crecemos morimos. O dicho de otro modo, vivir es un crecer sin limite. Afirmación absurda aun aplicada a la célula tumoral, esa experta en el crecimiento por multiplicación. ¿Entonces que? Entonces hay que parar. De lo contrario este enorme escenario, esta tramoya, apoyado en unos puntales que se acaban, se vendrá abajo sepultando a los actores y espectadores de un mundo fantástico; de una gigantesca representación cuya única verdad es que se trata de una farsa. Se ha creado en torno al consumo desaforado una compleja estructura social, por sus integrantes y sus dimensiones, que, sin duda, se quebrara en cuanto mengüen los recursos y se acentúen las consecuencias de la contaminación. Nuestros políticos y financieros creen que tienen tiempo, pero el tiempo de reacción, de respuesta, se acaba en la medida de la tasa de los cambios exponenciales. A este respecto, es imprescindible conocer las obras de Donela Meadows, Paul Ehrlich y, sobre todo, Al Gore cuya obra La Tierra en Juego me horripilo. También, por supuesto, la de sus oponentes entre los que se cuentan personajes de la talla de Bush. ¿Cómo es posible mitigar el hambre, combatir el pauperismo, si la población mundial entre los años 1970 y 2000 aumento en 2.400 millones?


miércoles, 20 de mayo de 2015

ACERCA DE LA TRIBUTACIÓN



Jose Francisco Luz Gómez de Travecedo

La conformación del Estado no es indiferente a nuestros intereses, en absoluto. La evolución desde la condición de súbdito a  la de ciudadano ha costado ríos de sangre, pero todo puede perderse. La experiencia muestra que todo aquello que supone orden racional exige esfuerzo y control. El desinterés y la abulia pueden dar al traste en un instante con lo que costó siglos construir. Son legión los detractores del Estado de derechos individuales que es como decir del Estado de los ciudadanos. Detractores que no ceden en su labor de menoscabar los derechos fundamentales del hombre en cuanto tienen ocasión. Detractores que, so pretexto de implantar los derechos sociales, no dudan en quebrantar los derechos ciudadanos. Por ejemplo, el derecho a la propiedad. 
Veamos que dicen diversos textos acerca de la propiedad privada.
En la declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, leemos:
Artículo 17
"Por ser la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, salvo cuando la necesidad publica, legalmente comprobada, lo exija de modo evidente y con la condición de que haya una justa y previa indemnización".
Tras su lectura es crucial retener en la memoria el carácter natural, inherente al hombre, del derecho de propiedad y su cualidad de ilimitado. Lo primero implica que el derecho no fue otorgado, concedido, por acuerdo de todos –en consecuencia no puede ser negado ni aun por acuerdo de todos- y lo segundo, que salvo por singulares y comprobadas legalmente razones sociales, en absoluto por razones arbitrarias, el derecho es de carácter irrestricto, carece de limitación. Repárese en que, aún en estos casos, la propiedad no es menguada total o parcialmente sino permutada por otra u otras en un acto de compensación justa y previa.
El artículo puede completarse con este otro:
Artículo 2
"La finalidad de cualquier asociación política es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión".
Es decir, los poderes públicos se constituyen para defender estos derechos naturales e imprescriptibles.
Pero veamos que dice la Declaración de los Derechos del Hombre de 10 de diciembre de 1948:
Artículo 17
1.- Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente.
2.- nadie será privado arbitrariamente de su propiedad.
Una vez más, el rechazo de la arbitrariedad y el tono tajante de su definición.
En la Constitución española del 78 se dice:
Artículo 33
1.- Se reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia.
2.- La función social de estos derechos delimitará su contenido, de acuerdo con las leyes.
3.- nadie podrá ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada de utilidad publica o interés social mediante la correspondiente indemnización y de conformidad con lo dispuesto por la leyes.
Artículo que pone en guardia. Artículo que impone límites a la propiedad y a los derechos naturales del hombre. Eso sí, con arreglo a leyes y con indemnización. Constitución socialista que antepone los derechos sociales a los del ciudadano. Derechos sociales que no define, que no limita por tanto, y que deja al arbitrio de los políticos en su loca carrera hacia el triunfo electoral. Tampoco exige que la indemnización sea justa y previa. Una constitución que considera, por lo que hace al derecho de propiedad, un derecho concedido por acuerdo, un derecho estatutario y no, un derecho natural e imprescriptible.
Yo me pregunto: ¿para un Estado así constituido, para el que los derechos son sometidos al interés social, somos personas? Es decir: ¿en cuanto hombres, nacemos con derechos, somos personas, o, por el contrario, somos solo ciudadanos a los que la sociedad, el cuerpo social, indulgente, otorga derechos por gracia?
A juzgar por la redacción, lo segundo. ¿Quién puede ya asegurar que la libertad, la seguridad y la resistencia a la opresión no estén limitados por su función social?
Anteponer el grumo social, lo social, a los individuos es tan peligroso como anteponer las entelequias a la realidad.
Lo social carece de entidad propia, es ente de razón y, por tanto, dependiente de quien lo crea. Carece de sentidos, de corazón y de razón. Alguien debe prestárselos, alguien debe de pensar, hablar y ejecutar por ello. ¿Quién? El grupo de presión de cada momento que margina al individuo hasta negarle, como vemos, su condición de persona, sus derechos, cuando estos no sirven al interés del grupo dominante.
De nuevo, ese redomado pillo que es el ser humono, integrante con los grandes simios de la familia homínidos, ha encontrado un modo de burlar el interés general. La verdad es que queda bien: lo despojamos de sus derechos por el bien de todos... Fantástico, pero no deja de ser un despojo, un expolio, una vileza, un acto de lesa humanidad.
Por tanto: a nadie ha de sorprender la alegría con la que nuestros políticos meten su mano es nuestros bolsillos una y otra vez. Es por acción social dirán, su coartada. ¡Caramba, caramba! Yo pensaba que los hombres idearon el Estado de derechos para prosperar de modo particular y a discreción... Me equivocaba, para algunos, los hombres se uncieron al carro de lo común para tirar de él en la dirección que otros determinan y, ¡ay de ti si te niegas!, porque el zurriago te espera. Que lo diga, si no,   Thoreau  que fue encarcelado por negarse a pagar los impuestos destinados a costear la guerra contra México. Fue encarcelado una sola noche, pero porque otro pagó por él.
Los derechos o son absolutos o no lo son. Solo cabe su menoscabo en la medida en que los ciudadanos convengan en razón de los beneficios recibidos a cambio. Bien entendido que por propia voluntad, motu proprio, y con carácter temporal; asimismo, bien entendido que respetando la máxima de Thoreau: “Cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno”.
No poner por artículo constitucional  un tope definitivo al IRPF, al esfuerzo fiscal, como sucede en el Estado español, supone en la practica la negación del derecho de propiedad. El Estado pertrechado de razones de benevolencia incomprensible y sectaria se cree con derecho total sobre nosotros y empuja y empuja y nos lleva a la quiebra. Como antaño, por razones patrióticas, igualmente incomprensibles y sectarias, nos llevaba a la trinchera y de allí a la muerte. Sin duda, se creía dueño de nuestras vidas como hoy se considera dueño de nuestra faltriquera.
Somos muchos los que estamos hartos de la defraudación del Estado, de cómo éste gasta nuestro dinero sin dar explicaciones convincentes y eludiendo presentar a los contribuyentes la oportuna declaración de sus ingresos y gastos –me apresuro a declarar que los presupuestos son solo papel mojado, no me sirven- debidamente fundados y, por supuesto, devolviendo a los contribuyentes los gastos no justificados. Es un proceso paralelo al  de la declaración de los ciudadanos pero en sentido inverso.
Creo que en el fondo subyace el apetito simiesco de todo grupo en el poder por imponer su credo, pero también creo que se han perdido, astutamente, de vista los principios que motivan la vida en común, en estado civil: la defensa frente a los violentos de los derechos del hombre en tanto que persona, entre otros el derecho de propiedad.
Propiedad privada no es aquello que un hombre toma, arrebata, a a los demás. Propiedad privada es aquello que un hombre crea con su esfuerzo y sudor. Aquello que un hombre moldea a golpe de ilusión y tenacidad. Aquello que generó con privaciones en la esperanza de donarlo a sus hijos o utilizarlo en su vejez. Por tanto, quitárselo por ordeno y mando, de modo arbitrario, es como despojarle de una parte de si, de sus mejores años y deseos. Es despreciarlo y subyugarlo. Es  en rigor  un atentado de lesa humanidad.
No carece de gracia que a estas practicas tributarias se apunten los marxistas  (y, con ellos, todos los demás). Aquellos que se indignaban al leer la afirmación de Ricardo (Teoría Laboral del Valor): “El valor en cambio de un producto consiste en el esfuerzo invertido en su elaboración”. Es decir, el patrón, al percibir las plusvalías, le robaba al trabajador el fruto de su trabajo, su sudor y su sangre.  Afirmación que indujo a Thomas Hodgskin a escribir El Trabajo Defendido contra las Pretensiones del Capital. Obra que influyó en el incipiente socialismo de su tiempo y, sin duda en Karl Marx.
La deriva hacia lo social de cualquier formación política acabara con los derechos humanos. Hasta tal punto es esto cierto que si instáramos a sus dirigentes a que optaran entre derechos humanos y sociales contestarían que lo harían por los segundos. Esta afirmación permite pensar que en cuanto pudieran nos llevarían de nuevo a la granja de Orwell. Granja igualitaria, sí, pero donde unos son más iguales que otros. Así las cosas, dos proposiciones son dignas de ser tenidas siempre en cuenta:
.- En política, como en todo, el fin no justifica los medios. en expresión feliz de A. Camus, en política son los medios los que justifican los fines.
.- En democracia para evitar su degeneración en oclocracia, los derechos humanos son el último baluarte del ciudadano. Sin su respeto a ultranza el hombre está perdido.  
Apelo pues a la reflexión acerca del modelo estatal. Para ello es preciso contestar a esta pregunta: ¿ha de ser el Estado para el hombre o éste para el Estado? Bien entendido que, de ser esto último, el hombre-tesela  en el gran mosaico del Estado, deberá prestarse a ser manipulado y ubicado allí donde los dirigentes decidan por él.



viernes, 15 de mayo de 2015

A VUELTAS CON LA LENGUA



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

En la prensa: “La Abogacía del Estado ha presentado un recurso contencioso-administrativo ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña en el que se pide abrir un nuevo periodo de matriculación escolar en Cataluña en que se garantice que el castellano sea lengua vehicular el próximo curso”. Al parecer, de modo reiterado, la consejería de educación edita un formulario en el que falta la casilla donde hacer constar que se desea al castellano como lengua vehicular. Lamentable pero algo previsible. Las competencias del Estado nunca debieron ser transferidas, nunca. ¿Imaginan un Estado sin competencias, sin aquello que lo hace posible? ¿Qué es el Estado? Según Rousseau el cuerpo político, la Nación, dotado de voluntad y fuerza. Es así: un acuerdo de hombres libres para preservar sus derechos en la seguridad de que no tendrán nunca que volver al estado de naturaleza donde, al decir, de Hobbes la vida es solitaria y pobre, sucia, violenta y corta. Un Estado donde el hombre no es ya un lobo para el hombre y donde la violencia ha sido excluida como medio de dirimir cuestiones interpersonales. Un orden de cosas donde el hombre, ahora ciudadano, que pactó desde su libertad, se siente libre y seguro en el respeto de sus derechos y responsable de sus deberes y cooperador en la consecución de intereses comunes. Un régimen necesariamente homogeneizador donde los grupos de presión no tienen sentido. Cualesquiera que sean sus razones. Según esto: ¿cómo podría lograr estos objetivos sin competencias? No se entiende salvo que lo que se pretenda, que se pretende, sea desmantelar el Estado para erigir otro u otros. Un Estado homogeneizador exige una lengua vehicular, una lengua común que permita entenderse. La que sea, pero exige una lengua compartida, la oficial. Un Estado homogeneizador exige competencias en la instrucción de los ciudadanos, en la educación cívica, igual para todos. Ceder en ello es permitir que intereses ajenos al Estado se entrometan con el decidido propósito de crear adeptos. Como dicen, no es propósito de la educación estatal generar patriotas sino ciudadanos. Dicho esto. La transferencia de competencias por parte del Estado equivale a su suicidio político, es contrario, pues, al espíritu constitucional y conduce a litigios como el comentado arriba. ¿Era esto lo que pretendían nuestros políticos al transferir la competencia de Educación a las autonomías? Al iniciar un proceso de disolución estatal necesariamente contrario a la voluntad expresa de la ciudadanía que aprobó constituirse en Estado, según la Constitución del 78: ¿contaron con la aprobación de los ciudadanos? Porque era evidente que una partida tomaba decisiones que afectaban al cuerpo político. ¿Se hizo? Pero además, es una enorme torpeza hablar del castellano como lengua vehicular induciendo al error de creer que es Castilla la que pretende imponer su lengua a los demás. En absoluto. Es el Estado, dados sus deberes, el que tiene el derecho a imponer una lengua vehicular que, en este caso, es el castellano por razones obvias. Lengua que, desde ese momento, pasa a llamarse lengua del Estado y, por tanto, lengua española o español. ¿Dudan los catalanes acaso de que si su lengua tuviera la implantación de la castellana, sería la elegida? En definitiva: es inadmisible la cesión de competencias estatales si se pretende defender al Estado y aún más hablar de lengua castellana. No es esta la que se pretende imponer, como digo, sino la lengua del Estado, la que sea más adecuada. En nuestro caso, el español. Por último, no entiendo en absoluto que la izquierda política española se muestre reticente a la hora de construir el Estado. Tal parece que tal obra sea cosa de la derecha. Conceptos a los que nos ha conducido el ignorar los hechos históricos. La izquierda primigenia, la genuina, la prístina, la montaña, da sus primeros pasos en la Francia revolucionaria del 89 y era absolutamente partidaria del Estado centralizado y del control económico. Por el contrario la derecha, los girondinos representaban a los burgueses de provincias partidarios del Estado descentralizado, federal, y de la guerra exterior. ¿Cómo es posible que se hayan cambiado las tornas, que lo que antes fuera izquierda sea hoy derecha? Desde luego, es mérito de los burgueses de siempre que, como el cuco, han sabido poner su huevo en nido ajeno. Reflexionemos pues.

martes, 17 de marzo de 2015

EL ANTICICLON DE LAS AZORES



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

No puede ser. El ojo miope del político que solo alcanza los 4 años y aún con dificultades impide que este pueda tomar decisiones ponderadas. Movido por unas irrefrenables ansias de triunfo electoral es incapaz de considerar pros y contras. Es inútil hacerle ver que toda solución de un problema comporta de modo indefectible nuevos problemas acaso peores que el que precipitadamente fue resuelto. Por poner un ejemplo, el alargamiento de la vida humana ha traído como consecuencia la mayor incidencia y prevalencia de enfermedades propias de la edad senil con la consiguiente repercusión familiar y social en un Estado de bienestar. El automóvil ha venido a solucionar un problema de tiempo y espacio pero exige todos los años, como tributo, el sacrificio de hasta un millón de personas en todo el mundo. Es otro ejemplo, uno más entre tantos.
Así las cosas, ¿cuántos políticos piensan en las consecuencias a largo plazo de sus actos, cuántos? Ninguno. Su miopía unida a la total impunidad de que gozan lo hacen imposible.
Pese a todo la sociedad prospera; es decir, camina hacia estados de distensión que facilitan la vida de los ciudadanos y evitan los estallidos sociales, pero no será por ellos, sino por las acometidas de la sociedad civil que se revela una y otra vez contra la opresión de los poderes públicos siempre dados al conservadurismo más recalcitrante. Lo vemos en la España de hoy, la España, todavía, de la inmunidad parlamentaria y la fusión de poderes, donde los partidos hegemónicos defienden el bipartidismo a ultranza y realizan recortes sociales antes que políticos: el Estado autonómico y sus dispendios ni tocarlos. Consideremos  a este respecto, la historia de las mujeres en pos de la conquista de sus derechos. Recordemos a Emily Davison que en el derby de Epson, en 1913, atropellada por un caballo, pago con su vida sus intentos de llamar la atención acerca de la marginación de las mujeres a las que una concepción machista de las cosas mantenía apartadas de la vida social y política que les negaba el derecho al sufragio y las encadenaba al hogar.
Aquí y allá, en todo tiempo, la renovación política ha venido de la mano de los ciudadanos que se han jugado la vida y la libertad en pos de sus ideales. El caso de la revolucionaria girondina Olympe de Gouges y su Declaración de los Derechos de la Mujer y  la Ciudadana, escrito en 1791 es otro ejemplo magnífico de la esclerosis habitual de los regímenes políticos.
Así pues, miopía, impunidad y conservadurismo caracterizan a la clase política que más que casta termina siendo una apestosa costra bajo la cual la vida saludable resulta imposible. El político ha terminado siendo bacteria anaerobia que todo lo putrefacta y destruye. Bacteria de la descomposición que allí donde anida produce gas fétido. Resulta digno de análisis que los casos de corrupción, por sistema, sean descubiertos por la prensa en una más que loable tarea de higiénica ventilación.  El hecho de la inexistente separación de poderes en el Estado español es la prueba de lo que digo. Un país donde el legislativo nombra al ejecutivo y este le mete mano al judicial (sic).
Miopía y falta de consideración a largo plazo que les lleva, cegados por el brillo del poder, a no ponderar en absoluto sus decisiones. Dado que el anticiclón de las Azores asegura buen tiempo, por ganar votos, no dudarían ni un momento en colocarlo sobre la península sin reparar en las consecuencias a corto y largo plazo. Habría que hacerles saber que la más mínima intervención en un sistema físico no lineal puede generar consecuencias impensables, que “Si agita hoy, con su aleteo, el aire de Pekín, una mariposa puede modificar los sistemas climáticos de Nueva York el mes que viene”. Tendríamos que informarles acerca de la teoría del caos; tal vez así entenderían que sus deseos de permanente dirigismo son de consecuencias imprevisibles acaso desastrosas.



martes, 3 de marzo de 2015

SAY



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

En un mundo que parece haber aceptado la relatividad de las ideas, la imposibilidad de la verdad absoluta, la necesidad de un constante contraste de las opiniones en un intento por mejorar nuestras conclusiones despojándolas del nocivo subjetivismo cuando se habla de temas que nos afectan a todos...
Que aun pareciendo haber aceptado la necesidad imperiosa del consenso, del acuerdo, todavía, con frecuencia, muestra la obcecación más absoluta cualquiera que sea el tema del que se trate.
Antaño eran célebres las discusiones bizantinas que a nada conducían salvo al distanciamiento de los tertulianos y se extendían a cualquier espacio opinable ya fuera divino o humano y, así, se llegaba a debatir acerca del sexo de los ángeles e incluso sobre el número de ellos que podrían posarse en la cabeza de un alfiler (concilio de Constantinopla). Antaño, pero... ¿Hoy?
Antaño era corriente sustentar una memez en la autoridad del que la defendía y eran tenidos por locos y visionarios los que osaban con sus ideas desafiar a tan poderosos señores e instituciones.
Con la Iglesia hemos topado se ha convertido en una frase coloquial que viene a expresar lo que digo y recordaré, por poner un ejemplo, con cuanto desprecio las autoridades médicas de la época trataron a Semmelweiss y sus intentos por prevenir la sepsis puerperal. Con mucho éxito por cierto: hasta un 70% de reducción de la mortalidad por esta causa entre las parturientas de su hospital. Pese a ello, prevaleció la verdad oficial y Semmelweisss, un médico adelantado a su época, sufrió la infamia de la expulsión de su hospital con las consecuencias consiguientes: miseria y enfermedad. Su gran obra, sin embargo, sobrevive y es un ejemplo para todos nosotros, médicos, y debería ser un espejo donde se vieran reflejados todos aquellos que hacen una bandera de la obstinación en su verdad.  No me extenderé acerca de la oposición tremenda que la Iglesia y la ciencia oficial, siempre ortodoxa, hicieron a la teoría heliocéntrica luego aceptada de modo unánime. 
De los casos Galileo y Miguel Servet no hablo por ser sobradamente conocidos. Tampoco de Darwin. Todos ellos en la verdad.
Atención pues a los heterodoxos de hoy porque acaso sean los ortodoxos de mañana.
Sirva este exordio para hacer ver como la contumacia, la terquedad y la obcecación, pecados propios de mente caduca, conducen a consecuencias lamentables. Ahí esta para demostrarlo, además de lo dicho, el materialismo histórico y las teorías del predominio racial que creyeron haber sintonizado con el devenir de los acontecimientos históricos y, conocedores del destino último de la humanidad, forzaron la máquina con el resultado de todos conocido: desolación absoluta para millones de personas.
Pese a todo, hoy como ayer, el dogmatismo más absoluto impera en cuanto se le da cuartel y no digamos en el terreno de la política. Se valen de que las hipótesis políticas se hurtan al método científico y no pueden ser falsadas ipso facto.
Por ejemplo, en política económica: resulta apabullante oír una y otra vez, hasta la saciedad, las mismas ideas. Todo lo expuesto pivota sobre el concepto demanda. La demanda es la clave, la piedra filosofal que transmuta el plomo en oro. Dele a la demanda y pronto el maná lloverá a raudales. Keynes puede sentirse un economista singular al haber influido, e influir, de modo tan determinante en las concepciones económicas de nuestros políticos. Con independencia de lo que realmente quiso decir lo cierto es que proporcionó la coartada perfecta a estos, siempre ávidos de protagonismo y justificación, ¡de sus engrosados salarios claro! Les vino a decir: adelante, manejando adecuadamente mi fórmula sobre la demanda agregada (la demanda agregada seria la suma de consumo más inversión más gasto público más exportaciones) podéis actuar sobre las dos variables fundamentales de la economía: el empleo y la inflación. ¡Fantástico! Un nuevo ámbito arrebatado a la sociedad civil y un peldaño más en el ascenso hacia el paternalismo anquilosante que anhela en su beneficio la costra política.
El problema reside en que tal igualdad supone un concepto estático de la macroeconomía. Lo producido esta ahí y debe ser adquirido por las vías disponibles: consumo, gasto público y exportaciones y regenerado mediante la oportuna inversión. Sin embargo, el mundo cambia y hoy de modo fulgurante: tan pronto algo emerge, una novedad se produce, tan pronto es sumido en el olvido por obsoleto. La macroeconomía de un país debe, pues, conectar con ese mundo comercial en permanente mutación y debe ofertar las soluciones de las nuevas tecnologías para los viejos problemas y los debidos al devenir social: la depuración de aguas residuales es un ejemplo.
He dicho ofertar. En efecto, la oferta es la clave. Ya a principios del siglo XIX, Say enunció en su trabajo Traité d´èconomie politique  (1803) la ley de los mercados que viene a decir que la oferta genera su propia demanda.
La nueva consideración, la que desdeña el político, da la vuelta a la tortilla y hace de la demanda la consecuencia de la oferta. Es ahí donde debe hacerse hincapié, es ahí donde hay que actuar, pero, ¡ay!, la oferta es cosa de la sociedad civil; al político solo le cabe secundar el papel protagónico de ésta y eso es demasiado...
El centro de gravedad se desplaza de la política a la sociedad y esta exige colaboración pero no sustitución. Fomentar la oferta pasa inevitablemente por propiciar la inversión en investigación y desarrollo, por alentar a la formación de cuadros profesionales competentes, por motivar al empresario que busca proporcionar soluciones y exige a cambio seguridad y contraprestaciones en proporción a los riesgos asumidos. Requiere...
Hay que reflexionar, si no esta todo ya pensado, acerca de lo que conviene a la oferta, pero mucho me temo que no iremos por ahí. Mientras el político, llevado de su interés, se resista a dejar la batuta, a perder su hegemonía, a considerar que es solo un mandado de la ciudadanía, las cosas no irán por el camino correcto.