miércoles, 29 de enero de 2014

LEY DE SAY


José Francisco Luz Gómez de Travecedo

Mi querido español: perdonad esta tardanza en escribiros pero he debido permanecer en mi país, Luzlandia, más tiempo de lo previsto. Fui allá precisado de meditación y contraste. Debía reflexionar acerca de vuestra situación y, sobre todo, contraponer vuestro lamentable estado sociopolítico con el nuestro buscando soluciones, pero fue inútil.
Como las manos cuyos dedos es imposible hacer coincidir a no ser que demos a una la vuelta, vuestro sistema y el nuestro resultan incompatibles salvo que demos a uno u otro un giro total. En un intento por evitar los prejuicios ponderé ambas situaciones llegando a la conclusión de que la vuestra es inaceptable. Vivís, señoría, en la falsa creencia, alimentada por vuestros políticos, que de esta falacia se nutren, de que son ellos los que pueden crear empleo recurriendo a la demanda, pero no es verdad que esta cree la oferta sino la oferta a aquella.
Es una ley, la Ley de Say, economista francés nacido en 1767. Las recesiones económicas no son pues debidas a una mengua de la demanda sino a una reducción de la oferta. En consecuencia, la acción de gobierno debe reducirse a favorecer la oferta deparando ilusión y ayuda; en absoluto, a entorpecerla con mil trabas administrativas y una voracidad recaudatoria sin límites. Voracidad que solo se justifica por unos gastos estatales colosales de muy dudosa justificación. Veamos. En vuestro país, señor, sufrís los efectos devastadores de una plaga de los que se dicen servidores públicos. Os digo, mi estimado español, que una epidemia no ocasionaría mas estragos entre ustedes. Costeáis 73.515 cargos públicos y a 1 de enero de 2011, según el Ministerio de Política Territorial y Administración Pública, 2.638.370 empleados públicos que desde el 2002 al 2011 han crecido en casi medio millón. A esto deberemos sumar los empleados en las 2500 empresas publicas (¿400.000?) y los 58.000 de Correos y Telégrafos. Aún más: representantes sindicales: 350.000 pero, de ellos, ¿cuántos liberados sindicales? Decidme, ¿para qué? ¿Para qué son necesarios 350 diputados nacionales (y autonómicos) si todos votan a una? Si todos votan a una, con uno basta, con el jerarca de turno sobra.
A señalar que respecto a las cifras de empleo el barullo es enorme y es imposible conocerlas con exactitud. Basta con hacer un seguimiento en la red para cerciorarse. Cuando esto escribo, enero del 2014, las cifras, no parecen haber variado sustancialmente
Señoría, si el dinero recaudado fuera el debido no dude de que la perspectiva de ganar dinero aumentaría la oferta de bienes apetecibles para la demanda generando empleo. Lo contrario, pensar que la demanda crea empleo nos lleva a preguntarnos: ¿demanda de qué, demanda para qué, con qué dinero?
Nos guste o no, las cosas fluyen según leyes propias y es propio de hombres sabios, estimado español, acomodarse a ellas para vencer. Las plantas esparcen sus semillas merced al viento que nunca dominarán. El hombre prudente, señoría, capta bien su entorno y se adapta en su beneficio. El político sensato, ese filósofo que quería Platón, que hace política, sabe de política y se acopla a la ciencia económica es útil a la comunidad. El otro, o bien ignora y resulta peligroso o bien sabe y es un timador. Pero no os preocupéis, mi querido español, os queda, no obstante, un último remedio, la comuna: apropiación por el Estado de la propiedad privada a cambio de la comida en el refectorio a horas determinadas por el abad. Pero me pregunto: ¿está hecho el hombre, dotado de voluntad, para la vida comunitaria? ¿Es el hombre una abeja presta a alimentar a la reina (porque sin duda habrá reina)? A este respecto, mi pobre español, son muy útiles las enseñanzas acerca de ese simio próximo al hombre, el chimpancé. Son fruto de las observaciones de Frans de Waal en el zoo de Arnhem que ilustran acerca del mono que llevamos dentro. Bien haríais en conocerlas.



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