José Francisco Luz Gómez de Travecedo
Mi querido español: perdonad esta tardanza en escribiros pero he debido permanecer en mi país, Luzlandia, más tiempo de lo previsto. Fui allá precisado de meditación y contraste. Debía reflexionar acerca de vuestra situación y, sobre todo, contraponer vuestro lamentable estado sociopolítico con el nuestro buscando soluciones, pero fue inútil.
Mi querido español: perdonad esta tardanza en escribiros pero he debido permanecer en mi país, Luzlandia, más tiempo de lo previsto. Fui allá precisado de meditación y contraste. Debía reflexionar acerca de vuestra situación y, sobre todo, contraponer vuestro lamentable estado sociopolítico con el nuestro buscando soluciones, pero fue inútil.
Como
las manos cuyos dedos es imposible hacer coincidir a no ser que demos a una la
vuelta, vuestro sistema y el nuestro resultan incompatibles salvo que demos a
uno u otro un giro total. En un intento por evitar los prejuicios ponderé ambas
situaciones llegando a la conclusión de que la vuestra es inaceptable. Vivís,
señoría, en la falsa creencia, alimentada por vuestros políticos, que de esta
falacia se nutren, de que son ellos los que pueden crear empleo recurriendo a
la demanda, pero no es verdad que esta cree la oferta sino la oferta a aquella.
Es
una ley, la Ley de Say, economista francés nacido en 1767. Las recesiones
económicas no son pues debidas a una mengua de la demanda sino a una reducción
de la oferta. En consecuencia, la acción de gobierno debe reducirse a favorecer
la oferta deparando ilusión y ayuda; en absoluto, a entorpecerla con mil trabas
administrativas y una voracidad recaudatoria sin límites. Voracidad que solo se
justifica por unos gastos estatales colosales de muy dudosa justificación.
Veamos. En vuestro país, señor, sufrís los efectos devastadores de una plaga de
los que se dicen servidores públicos. Os digo, mi estimado español, que una
epidemia no ocasionaría mas estragos entre ustedes. Costeáis 73.515 cargos
públicos y a 1 de enero de 2011, según el Ministerio de Política Territorial y
Administración Pública, 2.638.370 empleados públicos que desde el 2002 al 2011
han crecido en casi medio millón. A esto deberemos sumar los empleados en las
2500 empresas publicas (¿400.000?) y los 58.000 de Correos y Telégrafos. Aún
más: representantes sindicales: 350.000 pero, de ellos, ¿cuántos liberados
sindicales? Decidme, ¿para qué? ¿Para qué son necesarios 350 diputados
nacionales (y autonómicos) si todos votan a una? Si todos votan a una, con uno
basta, con el jerarca de turno sobra.
A
señalar que respecto a las cifras de empleo el barullo es enorme y es imposible
conocerlas con exactitud. Basta con hacer un seguimiento en la red para
cerciorarse. Cuando esto escribo, enero del 2014, las cifras, no parecen haber
variado sustancialmente
Señoría,
si el dinero recaudado fuera el debido no dude de que la perspectiva de ganar
dinero aumentaría la oferta de bienes apetecibles para la demanda generando
empleo. Lo contrario, pensar que la demanda crea empleo nos lleva a
preguntarnos: ¿demanda de qué, demanda para qué, con qué dinero?
Nos
guste o no, las cosas fluyen según leyes propias y es propio de hombres sabios,
estimado español, acomodarse a ellas para vencer. Las plantas esparcen sus
semillas merced al viento que nunca dominarán. El hombre prudente, señoría,
capta bien su entorno y se adapta en su beneficio. El político sensato, ese
filósofo que quería Platón, que hace política, sabe de política y se acopla a
la ciencia económica es útil a la comunidad. El otro, o bien ignora y resulta
peligroso o bien sabe y es un timador. Pero no os preocupéis, mi querido
español, os queda, no obstante, un último remedio, la comuna: apropiación por
el Estado de la propiedad privada a cambio de la comida en el refectorio a
horas determinadas por el abad. Pero me pregunto: ¿está hecho el hombre, dotado
de voluntad, para la vida comunitaria? ¿Es el hombre una abeja presta a alimentar
a la reina (porque sin duda habrá reina)? A este respecto, mi pobre español,
son muy útiles las enseñanzas acerca de ese simio próximo al hombre, el
chimpancé. Son fruto de las observaciones de Frans de Waal en el zoo de Arnhem
que ilustran acerca del mono que llevamos dentro. Bien haríais en conocerlas.
¿Qué exige qué?
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