José Francisco Luz Gómez de Travecedo.
Dígame. De colega a colega. Con confianza.
¿Está usted en su sano juicio?
¿En verdad cree que quien se comportó como
un canalla puede seguir un minuto más siendo consejero? Consejero… ¿De qué?
¿En verdad cree que es capaz de aconsejar
quien se comportó de modo tan ruin?
He tenido la oportunidad de oír sus
declaraciones y la verdad: no da usted sensación alguna de solvencia
profesional ni ética.
Le remito a mi spot MAGINOT, en mi blog LA
VOZ TENDIDA, donde tendrá oportunidad de enterarse de lo sucedido. Podrá así
saber lo que realmente ocurrió y caer de rodillas ante una pobre enferma que
hasta ayer se debatía entre la vida y la muerte. Usted se permitió denigrar
hasta la nausea a Teresa a la que, con una enorme crueldad, culpó de lo que no
era sino un enorme fallo en los procedimientos protocolarios de diagnóstico y
manejo de estos pacientes. Fallo atribuible por completo a las autoridades
competentes entre las que se cuenta usted.
Usted no puede pedir disculpas e irse de
rositas. Porque no podrá nunca disculparse lo que fue una enorme e injusta
patada a la dignidad y respeto debidos a todo ciudadano. Máxime en sus
circunstancias.
Ustedes, los políticos, todavía no han
aprendido que no son otra cosa que humildes mandatarios del pueblo al que
sirven. Todavía no han aprendido que, como la mujer del Cesar, no solo deben
ser sino parecer y, usted, se ha comportado como un auténtico patán arrojando
serias dudas, sospechas, acerca de su catadura ética.
Fue usted fiel a su papel político, servir
al amo, e intentó desviar la atención de la opinión publica, a sabiendas, hacia
Teresa a la que convertía en chivo expiatorio, cabeza de turco, con la
intención de sacrificarlo por los pecados de todos ustedes. Defraudó, empero,
en su cometido: servir a los ciudadanos de los que recibe sueldo y demás, pero
sobre todo, confianza. Confianza que ha perdido; no tiene ya crédito, esta
desacreditado, usted y la camarilla que lo sostiene.
Verá, don Javier, no tiene otra salida:
pedir perdón (no disculpas, perdón) a Teresa en su cara, restaurar su buen
nombre atribuyéndose la responsabilidad, con otros, de lo sucedido y luego,
metida la cabeza entre los hombros, irse entre miradas de desprecio para, acto
seguido, dimitir. Si es que hay en usted un mínimo de sentido ético.
Por supuesto, mi más absoluta
desaprobación de la conducta del presidente de la comunidad de Madrid que,
manteniéndole en el puesto, se hace partícipe de su conducta.
Por último, no crea ni por un momento que
podrán esquivar las críticas porque, antes o después, las urnas acabaran con su
vida política. No lo dude.
El hombre, de nuevo el animal humano mostrando su entraña depredadora. De nada sirven los sistemas, los modos de organización mientras el animal humano, el hombre, no progrese éticamente. No hay nada que hacer, por ahora. Salvo por el temor al castigo. Castigo que, por otra parte, nunca, jamás, les afecta. Vivimos, pues, en un mundo desolador, pero el progreso ético es imparable. De eso estoy seguro.
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