José Francisco Luz Gómez de Travecedo
Vuelvo
a insistir: el Estado federal nunca fue una concepción de la izquierda. Tampoco
la monarquía parlamentaria. Sí fueron pretensiones de la gran burguesía
revolucionaria reunida en torno a Jacques Pierre Brissot, los llamados brissotins o rolandistes, por Jean-Marie Roland de la platière, y,
posteriormente, girondinos, desde Lamartine. Gran burguesía revolucionaria que
en la Convención Nacional ocupaba los escaños de la derecha moderada en
oposición a los integrantes de la montaña o montagnards,
grupo heterogéneo en el que se contaban los sans-culottes,
los jacobinos y los cordeliers. Estos
eran básicamente partidarios del Estado centralizado, del sufragio universal
(hay que decir que masculino exclusivamente), del derecho al trabajo y a la educación
y de la acción social con dinero público. En el centro, la llanura; la llamada pleine o marais, los tibios. Las
tensión creada por ambas facciones deparó la vida de la asamblea que, dirigida
en principio por los girondinos, acabó estallando en 1793 para tomar un rumbo
de izquierdas nunca aceptado por los girondinos que promovieron la sublevación
de las ciudades federalistas del sur: Lyon, Burdeos, Marsella, etc. Revuelta
que fue rápidamente sofocada por la Convención y terminó con la ejecución por
guillotina de los dirigentes girondinos, algunos de los cuales se suicidaron: Pétion,
Clavière y Roland. En adelante, el Terror, una orgia de decapitaciones
arbitrarias que termina el 9 de Termidor (julio). Acto seguido se instauró la Convención Termidoriana
que dio paso a Directorio el 5 de noviembre de 1795.
Así
las cosas, siendo la izquierda genuina, la prístina, republicana y centralista…
¿Cómo entender la constante adhesión de la izquierda española, que se dice, a
los deseos de la gran burguesía periférica siempre en búsqueda de la secesión
ya sea de hecho, por la vía de la confederación ya sea de facto por la vía de
la independencia?
¿Cómo
entender el permanente empeño por quebrar el cuerpo político, el soberano?
La
izquierda se dice, sin excepción, socialista, pero para el socialismo la
concepción burguesa del Estado siempre fue un problema y, no digamos, para el
socialismo marxista para el que la propiedad privada y el Estado nacional
fueron enemigos a batir.
El
Estado concebido por los revolucionarios franceses era una entidad al servicio
del pueblo basada en la igualdad y en la concepción del individuo como
ciudadano; esto es, como detentador de derechos y deberes. Por el contrario, el
Estado nacional de concepción burguesa es una entidad al servicio de la nación
entendida como deidad a cuyo servicio se dedican toda una suerte de clérigos
que administran los actos de liturgia y enseñan el credo nacionalista a la grey
que ya no es el conjunto de los ciudadanos sino el conjunto de los feligreses.
Es un Estado trufado de religiosidad ñoña que, como la Iglesia antaño, aplica
el dogma y anatematiza al discrepante al que tacha de traidor y excluye de la
comunidad de un modo u otro. Naturalmente, en un Estado así, la defensa de las
posiciones de privilegio y la bula es magnífica. Todo queda enmascarado so
pretexto de servicio a la nación. De nuevo, el Estado teocrático ahora bajo la
advocación de la nación. Un Estado jerarquizado, de derechas, donde el paisano carece de
derechos en absoluto y, por ende, contrario a las pretensiones de la izquierda genuina, la izquierda
prístina. Pero, de nuevo, la izquierda española se hace la sorda y admite y
comprende y apoya las pretensiones nacionalistas que son burguesas y de derechas; pretensiones de
pasado, de vuelta al Estado de los estamentos, de la casta y del derecho de
pernada.
De
hecho, la aspiración catalana, tan apoyada por la izquierda española no es otra
cosa que un expolio en potencia de derechos humanos. De triunfar, en nombre de
la nación se conculcarían derechos fundamentales como el de nacionalidad
(artículo 15 de la DDH de diciembre de 1948), el de destierro (artículo 9 de la
DDH de diciembre de 1948) y el de propiedad (artículo 17 de la DDH de diciembre
de 1948). Para el nacionalismo burgués es natural: el individuo es paisano, en
absoluto ciudadano poseedor de derechos, pero para la izquierda…
Cuando
la flecha de la historia apunta a sociedades abiertas y cada vez más individualistas;
cuando los mitos se derrumban y los individuos, cada día más preparados
intelectualmente, reclaman lo objetivo y el consenso y eluden la uniformidad
(iguales sí, pero no idénticos); cuando la superstición y la superchería de
antaño se baten en retirada; cuando los individuos se sienten por doquier
ciudadanos y exigen sus derechos, entre otros, el de moverse por un espacio
vital (el lebensraum de Ratzel) más amplio; cuando los individuos se cuestionan
que ser en tanto que tales y, ya no, en tanto que nacionales; cuando el
paradigma de vida ha cambiado, pretender la vuelta al pasado es, cuando menos,
una broma de mal gusto y, más cuando los pretendientes son esos que se llaman
hijos de la izquierda.
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