viernes, 24 de octubre de 2014

JACOBINOS



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

Vuelvo a insistir: el Estado federal nunca fue una concepción de la izquierda. Tampoco la monarquía parlamentaria. Sí fueron pretensiones de la gran burguesía revolucionaria reunida en torno a Jacques Pierre Brissot, los llamados brissotins o rolandistes, por Jean-Marie Roland de la platière, y, posteriormente, girondinos, desde Lamartine. Gran burguesía revolucionaria que en la Convención Nacional ocupaba los escaños de la derecha moderada en oposición a los integrantes de la montaña o montagnards, grupo heterogéneo en el que se contaban los sans-culottes, los jacobinos y los cordeliers. Estos eran básicamente partidarios del Estado centralizado, del sufragio universal (hay que decir que masculino exclusivamente), del derecho al trabajo y a la educación y de la acción social con dinero público.  En el centro, la llanura; la llamada pleine o marais, los tibios. Las tensión creada por ambas facciones deparó la vida de la asamblea que, dirigida en principio por los girondinos, acabó estallando en 1793 para tomar un rumbo de izquierdas nunca aceptado por los girondinos que promovieron la sublevación de las ciudades federalistas del sur: Lyon, Burdeos, Marsella, etc.  Revuelta que fue rápidamente sofocada por la Convención y terminó con la ejecución por guillotina de los dirigentes girondinos, algunos de los cuales se suicidaron: Pétion, Clavière y Roland. En adelante, el Terror, una orgia de decapitaciones arbitrarias que termina el 9 de Termidor (julio).  Acto seguido se instauró la Convención Termidoriana que dio paso a Directorio el 5 de noviembre de 1795.
Así las cosas, siendo la izquierda genuina, la prístina, republicana y centralista… ¿Cómo entender la constante adhesión de la izquierda española, que se dice, a los deseos de la gran burguesía periférica siempre en búsqueda de la secesión ya sea de hecho, por la vía de la confederación ya sea de facto por la vía de la independencia?
¿Cómo entender el permanente empeño por quebrar el cuerpo político, el soberano?
La izquierda se dice, sin excepción, socialista, pero para el socialismo la concepción burguesa del Estado siempre fue un problema y, no digamos, para el socialismo marxista para el que la propiedad privada y el Estado nacional fueron enemigos a batir.
El Estado concebido por los revolucionarios franceses era una entidad al servicio del pueblo basada en la igualdad y en la concepción del individuo como ciudadano; esto es, como detentador de derechos y deberes. Por el contrario, el Estado nacional de concepción burguesa es una entidad al servicio de la nación entendida como deidad a cuyo servicio se dedican toda una suerte de clérigos que administran los actos de liturgia y enseñan el credo nacionalista a la grey que ya no es el conjunto de los ciudadanos sino el conjunto de los feligreses. Es un Estado trufado de religiosidad ñoña que, como la Iglesia antaño, aplica el dogma y anatematiza al discrepante al que tacha de traidor y excluye de la comunidad de un modo u otro. Naturalmente, en un Estado así, la defensa de las posiciones de privilegio y la bula es magnífica. Todo queda enmascarado so pretexto de servicio a la nación. De nuevo, el Estado teocrático ahora bajo la advocación de la nación. Un Estado jerarquizado, de derechas, donde el paisano carece de derechos  en absoluto y, por ende, contrario a las pretensiones de la izquierda genuina, la izquierda prístina. Pero, de nuevo, la izquierda española se hace la sorda y admite y comprende y apoya las pretensiones nacionalistas que son burguesas y de derechas; pretensiones de pasado, de vuelta al Estado de los estamentos, de la casta y del derecho de pernada.
De hecho, la aspiración catalana, tan apoyada por la izquierda española no es otra cosa que un expolio en potencia de derechos humanos. De triunfar, en nombre de la nación se conculcarían derechos fundamentales como el de nacionalidad (artículo 15 de la DDH de diciembre de 1948), el de destierro (artículo 9 de la DDH de diciembre de 1948) y el de propiedad (artículo 17 de la DDH de diciembre de 1948). Para el nacionalismo burgués es natural: el individuo es paisano, en absoluto ciudadano poseedor de derechos, pero para la izquierda…
Cuando la flecha de la historia apunta a sociedades abiertas y cada vez más individualistas; cuando los mitos se derrumban y los individuos, cada día más preparados intelectualmente, reclaman lo objetivo y el consenso y eluden la uniformidad (iguales sí, pero no idénticos); cuando la superstición y la superchería de antaño se baten en retirada; cuando los individuos se sienten por doquier ciudadanos y exigen sus derechos, entre otros, el de moverse por un espacio vital (el lebensraum de Ratzel) más amplio; cuando los individuos se cuestionan que ser en tanto que tales y, ya no, en tanto que nacionales; cuando el paradigma de vida ha cambiado, pretender la vuelta al pasado es, cuando menos, una broma de mal gusto y, más cuando los pretendientes son esos que se llaman hijos de la izquierda.


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