APOSTASÍA
“Teruel
capital, a la cabeza en ayuda al tercer mundo”. Así fue.
Bien. Las instituciones se
empecinan en hacernos buenos chicos. Buenos chicos aunque algo atolondrados
porque el prójimo más prójimo es el próximo, el de casa. Buenos chicos que, al
igual que antaño, practican la caridad. ¿O deberé decir la solidaridad? Ya se
sabe: caridad es el desprendimiento de una beata y solidaridad el de un laico.
Porque solidaridad es desprendimiento y del bueno.
Leo en el diccionario RAE,
solidaridad es adhesión circunstancial a
la causa o a la empresa de otros. Es decir extrema generosidad o extrema propensión a anteponer el decoro a la
utilidad y al interés, también según la RAE. Y pregunto: ¿por qué he de ser
solidario? ¿Cuál es el fundamento axiológico de la solidaridad entendida como
desprendimiento, como abnegación? Yo no lo hallo desde mi condición humana y no
la entiendo en un laico aunque sí, en una beata. Para ella, por otra parte tan
despreciada, las razones son obvias porque se basa en la trascendencia. Y no lo
hace por desinterés. En absoluto. En rigor hay un deseo bien de manifestar
devoción bien de asegurarse un mejor status
en la otra vida. ¿Pero el laico…? ¿Qué sentido tiene para él la
filantropía, el altruismo desinteresado? Otra cosa es cooperar: obrar juntamente con otro u otros para un
mismo fin, RAE.
En el prólogo de Ética
como amor propio cuenta Savater que, al serle ensalzada la conducta por haber
hecho por el bien de los demás, lo que le costó la encarcelación en
Carabanchel, sostuvo con vehemencia que
“… jamás había tenido el ofensivo mal gusto de hacer nada por los demás”. Muy
bien. Son tantos los intereses y es tan contrario a la naturaleza humana el
desprendimiento, más allá de la consanguinidad en primer grado, que cuando
alguien promueve el desinterés, presentándose como una nietzscheana alma bella,
es porque le interesa. Es decir, nuestro desinterés le interesa.
Es absurdo que
cuando se ha arrojado el Cristo por la ventana se siga exigiendo el
cumplimiento de las obras de misericordia y los mandamientos de la ley de Dios.
O algo parecido. Es evidente que 2000 años de cristianismo se dejan sentir,
también, entre los laicos ingenuos que resultan, en la practica, ser seglares
de una nueva y desacralizada religión con su dogma y sus popes, con su anatema
y su gehena, de la que yo apostato. No me importa ser malo si soy bueno para mí
y, por supuesto, si me veo libre de tanta tomadura de pelo.
José
Fco. Luz G. de Travecedo
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