LA MUJER
Sufragismo, es decir la larga lucha que las mujeres occidentales
debieron entablar allá por el siglo XVII cuando, en 1647, Margaret Brent
reclamó, sin éxito naturalmente, lugar y
voto. Es de justicia citar los
nombres de mujeres entrañables: entre todas, Mary Wollstonecraft y entre
nosotros, Concepción Arenal que tomando el testigo ayudaron a llevarlo a la
meta de la victoria: la manumisión y, por ende, el derecho a votar. Desde
entonces, muchos días han pasado, pero en el camino de la libertad, en absoluto
de la igualdad (porque no somos iguales), la mujer sigue cayendo en las trampas
que una y otra vez le tiende el hombre. Una, la contracepción que sufre la
mujer pero beneficia al hombre. Digo: ¿por qué no una contracepción que sufra
el hombre y beneficie a la mujer? Otra, la cuota de participación, figura
estelar de la futura Ley de Igualdad. Miren: la única manera de lograrla, con
la salvedad expresada, es no ver el género de las personas. ¡Por cierto!,
palabra esta del género femenino usada indistintamente para hombres y mujeres y
que viene pintiparada para lo que digo: que siendo, todos, personas la
participación en los órganos de representación SOLO ha de atender a los méritos
personales correspondientes, nada más. Se aprecia ahora la trampa: no es que el
varón conceda la mitad sino “que él se asegura la mitad”. Ante una mujer
desenvuelta, de un enorme tesón que se manifiesta hoy en la consecución de los
más brillantes historiales académicos, el hombre, que se bate en retirada, le
tiende celadas una y otra vez. Por último, las deseo en la política. Como dijo
M. Thatcher: En política, si queréis un
discurso, pedid un hombre, pero si
queréis hechos, demandad una mujer. A vuestros pies, señoras.
José Fco. Luz Gómez de Travecedo
Un humilde homenaje a la mujer. La mujer lapidada aquí y allá, antes y ahora. ¿Cuándo acabara esto?
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