jueves, 6 de febrero de 2014

¡CHAPEAU!

Decíamos ayer que el gobierno en su disparatada defensa del estatuto catalán (y otros) confundía la parte con el todo y el todo con la parte. Cuando afirmó, afirma, que una suma de naciones no es otra cosa que una nación. Forzado, naturalmente, por el texto constitucional en vigor, expresión de la voluntad del pueblo español soberano a la hora de otorgarse derechos y deberes. Es de reconocer, no obstante, la enorme fe del ejecutivo en su capacidad definitoria porque, hasta ayer, una suma de naciones era una confederación. Debo entender pues que las naciones son a modo de bolitas de mercurio que ora surgen como tales oran desaparecen embebidas en el todo mercurial que las remplaza. Pero si así es, ¿por qué dotarlas de estatutos si con la Constitución basta? Indudablemente, porque las quieren sustancialmente (legislativamente) distintas. Y si así es, ¿quién le ha dado al ejecutivo el poder soberano de disgregar el cuerpo político? ¿Quién le ha dado, luego, el poder federativo, el poder de pactar con las partes segregadas? En ciencia política, desde el siglo XVII para acá, el ejecutivo, mandatario,  solo está autorizado a hacer cumplir las leyes permaneciendo atento al sentir general. El legislativo, por su parte, debiera limitarse al campo de lo civil y penal. Las leyes políticas ni tocarlas salvo que el pueblo soberano lo disponga. Así, pues, ¡chapeau!, para un ejecutivo / legislativo que en el mejor estilo pertiguista se saltan a la torera estas consideraciones y otras. 

José Fco. Luz Gómez de Travecedo

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