José Francisco Luz Gómez de Travecedo
El nacionalismo es ya un tema manido, recurrente. ¿Queda algo por decir? Al parecer, todos debemos sentirlo, vivirlo, vivificarlo e imbuirlo en nuestros hijos. También sufrirlo. A modo de deidad se yergue sobre nosotros y por su boca hablan toda una multitud de adictos que, como Moisés, han bajado del monte Sinaí, para mostrarnos las tablas de su ley. Frente al Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas, el Todo por la Patria digno de figurar en los frontones de los templos nacionales. ¡Ay del pobre pecador que ose injuriarla, que no se doblegue, que la ponga en cuestión!
El nacionalismo es ya un tema manido, recurrente. ¿Queda algo por decir? Al parecer, todos debemos sentirlo, vivirlo, vivificarlo e imbuirlo en nuestros hijos. También sufrirlo. A modo de deidad se yergue sobre nosotros y por su boca hablan toda una multitud de adictos que, como Moisés, han bajado del monte Sinaí, para mostrarnos las tablas de su ley. Frente al Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas, el Todo por la Patria digno de figurar en los frontones de los templos nacionales. ¡Ay del pobre pecador que ose injuriarla, que no se doblegue, que la ponga en cuestión!
Esta bien, esta bien. Pero... ¿qué hacemos
los descreídos? ¿Dónde nos exiliara el ostrakon? ¿Dónde la tierra de los
apátridas? Busco dentro de mí motivos de identificación con la nación y no los
hallo. No siento apego ni siquiera por la lengua que domino. Es más, con gusto
renunciaría a ella en aras de la comunicación universal. No creo que la lengua
de Góngora permita decir cosas más bellas que la lengua de Shakespeare o la de
Guillaume de Lorris. Tampoco atisbo que mi dignidad mengue un adarme por
expresarme con estas o aquellas palabras. No me siento militante de nación
étnica alguna. No me identifico ni con tierras ni con culturas ni con
historias. Si conmigo porque, como Unamuno, yo también soy especie única.
Hay,
empero, una Nación a cuya puerta llamo: la Nación que alumbró la Francia
revolucionaria. Una Nación hija del intelecto que dejando atrás toda nostalgia
legendaria hundió sus raíces en el pueblo soberano. En adelante, no más mitos
ni epopeyas. En adelante, el interés general y el imperio de la ley. En esa
Nación de ciudadanos no caben grumos, no hay lugar para reductos de privilegio
ni motivos para otra política que no sea la nacional. La partitocracia esta
excluida. En esa Nación intelectual me integro y esa Nación defiendo, pero
tiene pocos valedores.
Sin
duda, por el pensamiento mágico todavía imperante. Para la historiografía con la llegada de la Edad Moderna advino el
pensamiento racional que dio un enorme empujón a las ciencias positivas y sus
logros técnicos. Humanistas de la talla de Copérnico, Bacon, Kepler, Galileo y
Newton ya no creen en lo que ven sino con los ojos del pensamiento y las lentes
de la experimentación. Pero,
lamentablemente, son sólo una avanzadilla: el grueso de la humanidad se rezaga
y permanece aún en la etapa medieval. ¿Cómo hacer ver a este hombre primitivo,
que gusta de tatuarse y recurre al “percing”, que cree en la superstición y se
alimenta de mitos, que más allá del parergon está lo esencial, el ergon? Un
hombre fetichista de reflejos condicionados
capaz de embestir como un miura, dócil a la voz del canalla que a la voz:
la patria peligra, lo enardece en su beneficio. No ha llegado, pues,
nuestro momento. Será preciso esperar, pero... ¿cuánto más?
Agua pasada no mueve molino, decimos, pero si que moja aguas abajo.
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