viernes, 14 de febrero de 2014

MANIDO NACIONALISMO



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

El nacionalismo es ya un tema manido, recurrente. ¿Queda algo por decir? Al parecer, todos debemos sentirlo, vivirlo, vivificarlo e imbuirlo en nuestros hijos. También sufrirlo. A modo de deidad se yergue sobre nosotros y por su boca hablan toda una multitud de adictos que, como Moisés, han bajado del monte Sinaí, para mostrarnos las tablas de su ley. Frente al Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas, el Todo por la Patria  digno de figurar en los frontones de los templos nacionales. ¡Ay del pobre pecador que ose injuriarla, que no se doblegue, que la ponga en cuestión! 
Esta bien, esta bien. Pero... ¿qué hacemos los descreídos? ¿Dónde nos exiliara el ostrakon? ¿Dónde la tierra de los apátridas? Busco dentro de mí motivos de identificación con la nación y no los hallo. No siento apego ni siquiera por la lengua que domino. Es más, con gusto renunciaría a ella en aras de la comunicación universal. No creo que la lengua de Góngora permita decir cosas más bellas que la lengua de Shakespeare o la de Guillaume de Lorris. Tampoco atisbo que mi dignidad mengue un adarme por expresarme con estas o aquellas palabras. No me siento militante de nación étnica alguna. No me identifico ni con tierras ni con culturas ni con historias. Si conmigo porque, como Unamuno, yo también soy especie única. 
Hay, empero, una Nación a cuya puerta llamo: la Nación que alumbró la Francia revolucionaria. Una Nación hija del intelecto que dejando atrás toda nostalgia legendaria hundió sus raíces en el pueblo soberano. En adelante, no más mitos ni epopeyas. En adelante, el interés general y el imperio de la ley. En esa Nación de ciudadanos no caben grumos, no hay lugar para reductos de privilegio ni motivos para otra política que no sea la nacional. La partitocracia esta excluida. En esa Nación intelectual me integro y esa Nación defiendo, pero tiene pocos valedores. 
Sin duda, por el pensamiento mágico todavía imperante. Para la historiografía  con la llegada de la Edad Moderna advino el pensamiento racional que dio un enorme empujón a las ciencias positivas y sus logros técnicos. Humanistas de la talla de Copérnico, Bacon, Kepler, Galileo y Newton ya no creen en lo que ven sino con los ojos del pensamiento y las lentes de la experimentación.  Pero, lamentablemente, son sólo una avanzadilla: el grueso de la humanidad se rezaga y permanece aún en la etapa medieval. ¿Cómo hacer ver a este hombre primitivo, que gusta de tatuarse y recurre al “percing”, que cree en la superstición y se alimenta de mitos, que más allá del parergon está lo esencial, el ergon? Un hombre fetichista de reflejos condicionados  capaz de embestir como un miura, dócil a la voz del canalla que a la voz: la patria peligra, lo enardece en su beneficio. No ha llegado, pues, nuestro momento. Será preciso esperar, pero... ¿cuánto más? 



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