miércoles, 5 de febrero de 2014

ASISTENCIA PÚBLICA

Comparto la opinión que antaño expresaba mi estimado colega M. Labay alertando sobre el peligro de perder esa “joya” que es la asistencia pública. Miren: una empresa privada se regula por ley de oferta-demanda. O sea, que no puede ofertar aquello que carece de demanda o, habiéndola, lo oferta caro. Debe, pues, en cada momento, adecuarse al mercado. Y a esto es a lo que llamo regulación externa. Pero una empresa pública, la que nos ocupa, se hurta a esta ley inexorable porque el costo de sus productos es “invisible”. Invisible para quien los adquiere que, creyéndolos gratuitos, los demanda con avidez e invisible para la propia empresa que, ajena a la competencia, tampoco percibe el precio ruinoso de sus ofertas. Esta doble ceguera funcional causa el desmesurado crecimiento de la empresa pública que precisada de fondos y más fondos acabará, antes o después, por quebrar. Debe, pues, regularse, adecuarse a las necesidades convenidas. Y esto solo es posible mediante acuerdo y administración. En otras palabras, por regulación interna. Regulación que supone acordar con la sociedad civil -¡Ah, la sociedad civil, la sociedad civil, quien se acuerda de ella!- los objetivos e implementar lo necesario, solo entonces, para lograrlos con la máxima eficacia; esto es, sin despilfarrar. Encomendar esta tarea a los políticos es arriesgar porque, dada su trascendencia electoral, caerán, una y otra vez, en la tentación de ofrecer, superándose unos a otros, no una asistencia razonable, sensata, sino una asistencia de fantasía. Una asistencia universal y gratuita dicen; por supuesto excelente. Pero... ¿a qué precio? Veo la fotografía reciente de la parada en box, para repostar, de un vehículo de la fórmula uno. En torno al bólido llegan a concentrarse más de una veintena de técnicos con ánimo de lograr el aprovisionamiento del auto en el menor tiempo posible. Desde luego, el coste no importa con tal de ganar la carrera, pero... ¿este extenuante esfuerzo competitivo que, al fin y a la postre, tiene su límite –nunca un automóvil de carreras recorrerá un circuito en un santiamén- puede ser tomado como ejemplo por la asistencia sanitaria en su gravoso empeño por darle meses, tal vez días, a la vida humana, también limitada?



José Francisco Luz Gómez de Travecedo

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