miércoles, 19 de febrero de 2014

UN ASUNTO DE NARICES

Toca hoy escribir sobre la nariz. No sobre mi nariz a la que estoy agradecido por su utilidad cuando era preciso “tener olfato”, “olerse la tostada”.  A ella debiera homenajear con esta carta, pero hoy quiero escribir sobre la nariz en general; la nariz órgano del olfato. De forma, aproximadamente, piramidal se nos presenta muy varia por lo que hace a su tamaño y a su forma. Por su magnitud, las hay menudas, prácticamente insignificantes, pudiendo alojar a duras penas las aberturas nasales. También las hay, pequeñas, algo mayores que las menudas, pero se notan bajo el pañuelo y sirven para sostener las gafas (¿Se ha preguntado la humanidad miope que sería de ella sin la nariz? ¿Cuándo le levantaremos el monumento que merece? ¿No es cierto que, asimismo, obra como órgano de la visión?). Continuemos. Las hay normales, anodinas o vulgares; las corrientes, las que no sirven para distinguirse en absoluto. Las hay, también, prominentes, muy aptas para “meter las narices”. Es la nariz que desearía tener todo entremetido por más que la misma le delatara. Por fin, quedan las grandes o nasos; las cantadas por  Quevedo. Estas son utilísimas por desempeñar su función en grado superlativo y no es cierto que resten atractivo. Por dos motivos: porque hay quienes se sienten atraídos por semejantes “tan dotados” (personajes entrañables como Cyrano y Pinocho, sin duda, deben parte de su atractivo a lo peculiar y desmedido de su probóscide) y porque una nariz así, al captar la atención, ayuda a que pase desapercibido el, habitualmente, feo rostro que la sustenta. Por último, por lo que hace a la forma: las hay respingonas que, en las mujeres, resultan coquetonas a condición de no tener excesiva curva porque, grotescas, otorgan cierto aspecto de ánade. Las hay aguileñas, las de los indios, así llamadas no porque las posean las águilas, que no tienen nariz, sino porque recuerdan su pico. Deben ser buenas para la caza del búfalo y barruntar la presencia del hombre blanco. De boxeador; esta no suele ser así de nacimiento porque el sujeto la consigue a fuerza de mamporros. Es, pues, nariz ganada a pulso que, en lugar de embrutecerlo, debiera embellecer el rostro del sufrido propietario. Todo lo contrario ocurre con otro tipo de nariz, la estética. Es también nariz adquirida pero, por en contrario, agradable, y muy provechosa para el cirujano. Se diría que este “se olía” el negocio. Quedan aún algunos  tipos más por ahí; de la del político ya escribiré otro día.



José Fco. Luz Gómez de Travecedo

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