UN
ASUNTO DE NARICES
Toca hoy escribir sobre la nariz. No
sobre mi nariz a la que estoy agradecido por su utilidad cuando era preciso
“tener olfato”, “olerse la tostada”. A
ella debiera homenajear con esta carta, pero hoy quiero escribir sobre la nariz
en general; la nariz órgano del olfato. De forma, aproximadamente, piramidal se
nos presenta muy varia por lo que hace a su tamaño y a su forma. Por su
magnitud, las hay menudas, prácticamente insignificantes, pudiendo alojar a
duras penas las aberturas nasales. También las hay, pequeñas, algo mayores que
las menudas, pero se notan bajo el pañuelo y sirven para sostener las gafas
(¿Se ha preguntado la humanidad miope que sería de ella sin la nariz? ¿Cuándo
le levantaremos el monumento que merece? ¿No es cierto que, asimismo, obra como
órgano de la visión?). Continuemos. Las hay normales, anodinas o vulgares; las
corrientes, las que no sirven para distinguirse en absoluto. Las hay, también,
prominentes, muy aptas para “meter las narices”. Es la nariz que desearía tener
todo entremetido por más que la misma le delatara. Por fin, quedan las grandes
o nasos; las cantadas por Quevedo. Estas
son utilísimas por desempeñar su función en grado superlativo y no es cierto
que resten atractivo. Por dos motivos: porque hay quienes se sienten atraídos
por semejantes “tan dotados” (personajes entrañables como Cyrano y Pinocho, sin
duda, deben parte de su atractivo a lo peculiar y desmedido de su probóscide) y
porque una nariz así, al captar la atención, ayuda a que pase desapercibido el,
habitualmente, feo rostro que la sustenta. Por último, por lo que hace a la
forma: las hay respingonas que, en las mujeres, resultan coquetonas a condición
de no tener excesiva curva porque, grotescas, otorgan cierto aspecto de ánade.
Las hay aguileñas, las de los indios, así llamadas no porque las posean las
águilas, que no tienen nariz, sino porque recuerdan su pico. Deben ser buenas
para la caza del búfalo y barruntar la presencia del hombre blanco. De
boxeador; esta no suele ser así de nacimiento porque el sujeto la consigue a
fuerza de mamporros. Es, pues, nariz ganada a pulso que, en lugar de
embrutecerlo, debiera embellecer el rostro del sufrido propietario. Todo lo
contrario ocurre con otro tipo de nariz, la estética. Es también nariz adquirida
pero, por en contrario, agradable, y muy provechosa para el cirujano. Se diría
que este “se olía” el negocio. Quedan aún algunos tipos más por ahí; de la del político ya
escribiré otro día.
José Fco. Luz Gómez de Travecedo
Me da en la nariz que...
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