viernes, 14 de febrero de 2014

CENTRALISMO

Yo, jacobino, he oído hablar al porte-parole (spokesperson) del partido del legislativo-ejecutivo (en el Estado español no existe separación de ambos poderes, ¡el colmo!) en contra del centralismo trasnochado. O sea, declarándose partidario de la descentralización. Es decir, declarándose contrario al fenómeno estatal, al Estado, ¡vaya! Porque Estado es el cuerpo político, el conjunto de los contratantes, ahora ciudadanos, dotado de voluntad y fuerza (Rousseau dixit y amén). Un modo de organización de la convivencia unificador y moderno (nace con la Gloriosa en 1688) para la defensa de la libertad, vida y propiedad. Un hecho, que como Nietzsche, partió en dos la historia de la humanidad. Desde esa fecha se inicia la edad moderna, sin duda. 
El Estado, per se, es absolutamente contrario al fenómeno disgregador de las voluntades publicas; a la descentralización. Me refiero a la descentralización legislativa, naturalmente. Esta ha sido el ácaro minador, la termita, que ha carcomido, carcome, el Estado. ¿Cómo es posible que decidiendo los ciudadanos marchar, todos, al paso de la voluntad general, pretendan, al tiempo, que por secciones y pelotones se desfile bajo mil y una marchas particulares? ¿No caemos en la cuenta de que se trata de un despropósito que atenta contra el espíritu constitucional? Porque una cosa es acercar la ventanilla al ciudadano y otra, muy distinta, desguazar el Estado fragmentándolo en 17 centros de decisión autónoma con capacidad legislativa. Eso se llama disolución del Estado. ¿Se imagina ustedes que El Corte Inglés buscando una mejor atención al cliente se diluyera en sus múltiples tiendas? ¿Cuanto tardaría en desaparecer como tal? Para empezar el nombre sería traducido a las lenguas autonómicas, el estilo Corte Inglés en tiendas y uniformes se perdería, el nivel de precios  subiría necesariamente al no existir una política unitaria de compras a proveedores, la financiación sería otra y distinta para cada unidad independiente. Entre otros efectos. Vamos, el fin de la entidad. ¿Quieren hacer la prueba?
Volviendo a la descentralización ejecutiva, a la ventanilla,  pero... ¿no la había? ¿Qué eran, pues, los gobiernos civiles, diputaciones y demás instituciones provinciales y locales? Ademas, ¿en qué me afecta a mí, o a mis hijos, una oferta general, estatal, de servicios? En el plano educativo, pongo por caso, ¿la filosofía variará con el formato editorial? ¿Kant  expuesto para aragoneses, será distinto del Kant explicado por el Estado? ¿El teorema de Thales expuesto para aragoneses, será distinto del Thales explicado por el Estado? En absoluto. 
Decía un político que: la labor pública debe ser hecha con rapidez (bien, pero con limitación de velocidad e inmediata retirada del permiso de conducir si se traspasa) y, sobre todo, mirando la cara al ciudadano. 
No. Discrepo. La descentralización permite ver la cara al ciudadano y eso es tremendamente peligroso. Ante el estado debemos ser anónimos. Es otra razón para la centralización.


José Fco. Luz Gómez de Travecedo

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