jueves, 6 de febrero de 2014

LAICISMO

Estoy confundido, no entiendo. Creía que la apelación al laicismo comportaba el recurso a la razón y el abandono de la superstición, de la intuición y de la verdad revelada. Creía con Savater que, para los laicistas, la ética no era otra cosa que “una toma de postura, fruto estilizado y reflexivo del amor propio humano”. Me equivocaba. Creo ahora que el laicismo en la práctica no es más que un remedo religioso porque la ligazón no es con la divinidad, pero posee liturgia, dogmas y clérigos. Se adorna con un hermoso abanico de obligaciones que pese a su aparente origen  mundano tiene un tufo clerical que estupefacta. Se explica así que quien discrepa de esta estafa y se muestra heterodoxo sea tildado de hereje e instado a la abjuración sin dilación y de pecador, digno de ser arrojado a la gehena, aquel que ose saltarse a la torera uno solo de los mandamientos de su decálogo. Decálogo que, ¡oh, casualidad!, es el decálogo bíblico y las obras de misericordia. Pero, 20 siglos de cristianismo no pasan en balde y seguimos gustando, a izquierda y derecha, de sus virtudes aunque más bien creo que el hecho se debe a que fomentar la mansedumbre del cristiano, su desinterés, abnegación y solidaridad resultan del mayor interés para ese lobo que es el hombre para el hombre. A este respecto, leer a Nietzsche y, mejor, a su mentor Max Stirner resulta esclarecedor, pero también a Hobbes y etólogos de la talla de  Lorenz y a evolucionistas como Darwin y Wallace para los que el hombre no es más que un simio singular y no muy distinto, por lo que hace a la carga instintiva de su compañero de clado, el chimpancé. Con él compartimos un antepasado común y, asimismo, una fisiología del comportamiento, una etología. No está, pues, en nuestra sangre el comportamiento abnegado, desprendido y generoso ni el sentimiento de culpa. Pero, tampoco, en nuestra mente: no es la buena conducta una cuestión de introspección, como quería Sócrates, ni emana de una ley moral impresa en los seres humanos, como querían Kant y Rousseau: el buen salvaje bajo un cielo tachonado de estrellas. ¿Qué hay, pues? Una provechosa agresividad que solo puede ser encauzada por la cordura y, en absoluto, por el tabú moral. Hemos nacido para mirarnos el ombligo y todo decálogo que no respete este anhelo del ser humano, este querer ser permanente, o se mantiene por la represión más absoluta o no tardará en saltar por los aires.  


José Fco. Luz Gómez de Travecedo

1 comentario:

  1. Hay que distinguir entre una religión y otra, pero también entre las propiamente dichas y las mundanas. Las primeras se refieren a la relación con Dios, las segundas, a la relación con el mundo. las primeras hacen fieles, las segundas, adeptos.

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