José Francisco Luz Gómez de Travecedo
Me daba en la nariz que pronto, en cualquier lugar, el político asomaría la nariz. De buena mañana fue; me di de narices con él: un sujeto obeso de remachada nariz y en sus narices dime la vuelta dejándolo con un palmo de narices. Yo era consciente de que pretendía meter sus narices en mis asuntos, fisgonear en mis cosas, pero él me creía confiado, inocente. Seguramente, como todos los de su gremio, no veía más allá de sus narices y mi gesto lo sobresaltó. No quedaron ahí las cosas y siguiéndome me restregó el hecho por las narices sin sorprenderme en absoluto porque yo de tal individuo esperaba cualquier cosa. Me lo daba en la nariz. Pretendía engatusarme con esto y aquello; me hablaba de no sé qué aeropuerto para mi ciudad y de la necesidad del amor universal; me hacía comentarios acerca de algo así como una alianza de civilizaciones y de que pretendía hacerlo todo por mí, menos conducir. Todo, naturalmente, a cambio de mi voto. El tipo, que era gangoso, hablaba por las narices y me tenía hasta las narices. Se diría que ese era su auténtico propósito: hincharme las narices. De haber tenido largas narices, al observar que yo ponía cara de que me tocaba la nariz con su insistencia y de que barruntaba su decido propósito de tocarse las narices a costa de los primos que camelara, habría salido de naja cuidando tan solo de no romperse las narices. Perseveró empero en su perorata de narices haciéndome ver que una nación de naciones es una nación al igual que una ristra de chorizos es un chorizo y un racimo de uvas, una uva y las doce tribus de narices, una nariz. Animoso me habló luego de no sé cuantos peregrinos asuntos y cuando se disponía a explicarme porque un partido ilegalizado desaparece como una pompa de jabón, ya no pude más y corrí calle abajo al tiempo que le gritaba: “Estoy de vosotros hasta las narices”.
Me daba en la nariz que pronto, en cualquier lugar, el político asomaría la nariz. De buena mañana fue; me di de narices con él: un sujeto obeso de remachada nariz y en sus narices dime la vuelta dejándolo con un palmo de narices. Yo era consciente de que pretendía meter sus narices en mis asuntos, fisgonear en mis cosas, pero él me creía confiado, inocente. Seguramente, como todos los de su gremio, no veía más allá de sus narices y mi gesto lo sobresaltó. No quedaron ahí las cosas y siguiéndome me restregó el hecho por las narices sin sorprenderme en absoluto porque yo de tal individuo esperaba cualquier cosa. Me lo daba en la nariz. Pretendía engatusarme con esto y aquello; me hablaba de no sé qué aeropuerto para mi ciudad y de la necesidad del amor universal; me hacía comentarios acerca de algo así como una alianza de civilizaciones y de que pretendía hacerlo todo por mí, menos conducir. Todo, naturalmente, a cambio de mi voto. El tipo, que era gangoso, hablaba por las narices y me tenía hasta las narices. Se diría que ese era su auténtico propósito: hincharme las narices. De haber tenido largas narices, al observar que yo ponía cara de que me tocaba la nariz con su insistencia y de que barruntaba su decido propósito de tocarse las narices a costa de los primos que camelara, habría salido de naja cuidando tan solo de no romperse las narices. Perseveró empero en su perorata de narices haciéndome ver que una nación de naciones es una nación al igual que una ristra de chorizos es un chorizo y un racimo de uvas, una uva y las doce tribus de narices, una nariz. Animoso me habló luego de no sé cuantos peregrinos asuntos y cuando se disponía a explicarme porque un partido ilegalizado desaparece como una pompa de jabón, ya no pude más y corrí calle abajo al tiempo que le gritaba: “Estoy de vosotros hasta las narices”.
Me da en la nariz… Y si, suelo acertar. Debe ser mi condición de animal dotado de sentidos. Claro que cuando renunciamos a ello y nos declaramos hijos de Dios, especie única y demás sandeces, los sopapos son de aúpa.
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