José Francisco Luz Gómez de Travecedo
La celebración, a finales del año pasado, de un homenaje en Bilbao a nuestro ilustre paisano Juan José Arenas de Pablo, ingeniero de caminos, canales y puertos y catedrático de la E.T. S. de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria (Santander), me induce a escribir, en su homenaje, desde mi condición de hombre de la calle profano en la profesión estas líneas de reflexión acerca de la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos.
La celebración, a finales del año pasado, de un homenaje en Bilbao a nuestro ilustre paisano Juan José Arenas de Pablo, ingeniero de caminos, canales y puertos y catedrático de la E.T. S. de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad de Cantabria (Santander), me induce a escribir, en su homenaje, desde mi condición de hombre de la calle profano en la profesión estas líneas de reflexión acerca de la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos.
Leía hace unos días en el Diario de Teruel, donde resido, l carta
enviada por el representante en nuestra ciudad
del Colegio de Ingenieros de Caminos, canales y Puertos , J. Pérez
Benedicto. Se lamentaba en ella de la sistemática postergación de sus colegas a
la hora de valorar los méritos de los que trabajan en el diseño de
construcciones en general. Pues bien, el problema se acrecienta no ya porque
obras absolutamente ingenieriles sean presentadas por arquitectos; por ejemplo:
el Muelle de Enlace de Santa Cruz de Tenerife (Herzog & De Meuron), la
Terminal del Aeropuerto de Barajas (R. Rogers) y la estación intermodal de
Zaragoza (F. Ferrater y J. M. Valero), sino porque ingenieros proyectistas de
obras notables son tenidos por arquitectos. Es el caso del propio Pérez
Benedicto y del ingeniero J. Manterola, autor de los puentes y pasarelas del
tercer cinturón de Zaragoza, que fue presentado públicamente como arquitecto y
motivó que yo enviara una carta de rectificación al Heraldo de Aragón.
A esto contribuye, sin duda, una notable modestia, no exenta de
culpa, por parte de los ingenieros y un excesivo pavoneo por parte de algunos
arquitectos vedettes que cuando menos
silencian la colaboración imprescindible del ingeniero que “tanto en el campo
del transporte (carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos) como en el de
las obras hidráulicas, el medio ambiente, urbanismo, etc., tiene competencias
plenas (Pérez Benedicto)”.
De este modo se fomenta la opinión general de que solo los
arquitectos están capacitados para proyectar obras, sean públicas o no. Absurdo
e injusto.
Los arquitectos, con excepciones, moldean, pero los ingenieros
fundan. De ahí que los aspectos estéticos, formales, sean primordiales para el
arquitecto siempre tentado de creerse un artista, un creador, algo divino; la
hecho, la arquitectura se incluye en las Bellas Artes. Por el contrario, para
el ingeniero, siempre con los pies en el suelo, los aspectos dinámicos son los
fundamentales. El drama para este es que las formas son captadas por los
sentidos, se ven y se tocan, pero las fuerzas no. Valoramos, pues, una obra por
su equilibrio de formas, pero no por su equilibrio de fuerzas. Por eso, los
grandes monumentos nos atraen por su vistosidad y prácticamente nunca por el
equilibrio de fuerzas (y pares) que los sustenta.
No resulta descabellado pensar que, por lo que hace a la ciencia,
la mente humana actual esta incapacitada para alumbrar hipótesis tras
hipótesis. Es decir, que está limitada; también para alumbrar nuevas
tipologías. Tal vez, por este motivo, la Bauhaus de Gropius concibe una
arquitectura racional, funcional, en la que la forma se supedita a la función,
al uso, de la edificación, arrumbando, por así decir, el talento artístico del
proyectista al considerar que: “Si algo se proyecta para que responda a sus fines
peculiares, podrá parecer bello por si mismo (Gombrich)”.
La arquitectura orgánica de Wright (ingeniero civil, por cierto) es
otro ejemplo y, por supuesto, el célebre Panteón romano, obra de Apodoloro de
Damasco, cuya cúpula, puro esqueleto (mera estructura) apenas velado por
casetones, resulta bellísima. En el futuro, nuevas necesidades cada vez más
exigentes en materiales, cálculo y tecnología, van a deparar sorpresas formales
surgidas no tanto del talento artístico como del respeto a ellas. Algo de esto
se aprecia hoy en la ingeniería de puentes y en la arquitectura apoyada en los
paraboloides hiperbólicos de Torroja que hizo estética de la matemática: la
matemática maravillosa de las cónicas y cuádricas.
Los puentes actuales, alardes de diseño y tecnología, son bellos
“per se”, como lo es un felino en plena carrera, también un prodigio funcional.
La naturaleza, tan linda, no es fruto artístico, sino adaptativo,
funcional. Con esta perspectiva, pues, poco fundamento tiene la vanagloria de
las vedettes. Sobre todo cuando su brillo de oropel busca ocultar a los
auténticos artífices de las obras firmadas.
La hora de la arquitectura funcional, de la ingeniería de caminos,
canales y puertos parece haber llegado. ¿Los cogerá de sorpresa?
Hace un tiempo publique esta carta en homenaje al profesor de mi hijo, el ilustre D. Juan José Arenas de Pablo, catedrático de puentes en la E. T. S. I. de Caminos, Canales y Puertos en la U. P. de Cantabria, y a tan honrosa profesión. Es hora ya de dar voz a los que desde siempre fueron muy parcos a la hora de hablar de sí. Con mi admiración y respeto.
ResponderEliminar